30 de maig 2007

LA LLUM

Aquesta tarda he estat visitant a una cosina meva. L’he trobada en el seu “estudi”, es a dir, en una explanada al mig del bosc en la serra de Collserola, pintant un quadre.

Al fons es veia la ciutat, Barcelona, els seus carrers rectilinis i el mar, una mica emboirat a l’horitzó. Ens envoltava una vegetació densa i verda, que mica en mica s’introduïa en el quadre i un sol suau ho banyava tot a aquella hora de la tarda.

Tot fent aquí i allí breus pinzellades en el llenç, m’ha anat explicant el que ha viscut recentment, la seva experiència en els hospitals, la seva malaltia, els errors dels metges, les justificacions perquè sembli que no passa res, l’horror del tracte despersonalitzat en certs processos. I tot això m’ho ha explicat plena de tranquil·litat, tot i que el que està compromès en aquesta historia es la seva vida.

Unes passes endarrera el seu marit contemplava també el paisatge i de tant en tant brandava el cap assentint en el que m’explicava. L’escena era lluminosa i qui era mirall d’aquesta lluminositat era ella mateixa.

No m’ha parlat de projectes ni de futur, però si de gaudir de tot el que pot, d’exprimir les vivències, de crear bellesa. I la llum de l’escena m’ha corprès. Perquè conec persones que malgrat no estar malalts, no estan tan plens de vida com ella.

17 de maig 2007

INFANTILIDADES

Me acerqué discretamente a la puerta de aquella habitación misteriosa y eché un vistazo a su interior. Con sigilo mire hacia atrás, a la terraza, donde mis padres y mi abuelo dormitaban tras la comida, en aquella calurosa tarde de principios de verano.

Tras comprobar que no se habían movido y seguían inmersos en sus respectivas siestas, entré finalmente en la estancia, sumergida en una suave penumbra que le proporcionaba la persiana parcialmente bajada.

No era una habitación muy grande y además estaba bastante llena de muebles: una mesa de escritorio con una butaca y dos sillas, como si estuvieran allí para recibir a algún cliente o visita de negocios que según recuerdo no llegó a producirse nunca, pero en la cual mi padre se sentía a gusto.

A su lado, una mesa auxiliar, encima de la cual reposaba una máquina de escribir portátil, Olivetti Pluma 22, la máquina en la que aprendí a escribir con dos dedos, aprendizaje que perduró y que aún hoy en día utilizo, muy veloz eso sí, pero todavía con dos dedos a pesar de que ahora esa mecanografía la practique sobre un teclado de ordenador.

Y una cómoda negra, con la tapa superior de mármol. Encima de la cómoda había un reloj antiguo, también de madera negra labrada y con una esfera nacarada, enmarcando unos minuteros muy negros, como si fuesen señales de tráfico indicadoras de rutas hacia otros mundos. Este reloj no había funcionado nunca, salvo en una ocasión, pero esto fue otra historia. La cómoda me impresionaba y me daba respeto. En una casa muy silenciosa, a veces se oían crujidos que provenían de la cómoda en cuestión. Seguramente debía de estar completamente minada por las termitas.

Y al fondo, en la pared de enfrente, estaba mi objetivo, el lugar que contenía los objetos que me impulsaban a actuar con aquellas precauciones. Eran unas estanterías, de madera basta, apoyadas en soportes metálicos. En aquellas estanterías se alineaba un buen número de libros cuya visión me fascinaba.

Y no porqué los hubiera leído – eso vendría más tarde – sino porqué mi padre les dedicaba una gran atención. Yo veía que a veces se quedaba mirando con aire de ensoñación aquellas hileras de libros, que ahora se me antojan más bien modestas y parecía ver más allá de sus lomos. Como si fuese capaz de contemplar detrás de las estanterías, en una pantalla imaginaria, las escenas que aquellos libros describían. Finalmente elegía uno de aquellos libros y sentándose con parsimonia en la butaca lo abría y se ponía a leer.

En aquellos instantes podía hundirse el tejado, inundarse el baño o incendiarse la cocina. Mi padre se había adentrado en la historia del libro y esta requería la concentración de todos sus sentidos, aunque mi madre le llamase a cenar e incluso, viendo que no le hacía caso, llegase a apagarle la luz de la habitación.

Algunos de ellos los había leído tres o cuatro veces. Solía decirme que a pesar de releerlos una y otra vez, siempre descubría cosas nuevas, matices que en lecturas anteriores se le habían escapado, o simplemente veía la narración desde una perspectiva distinta.

Le gustaba visitar la librería de un amigo suyo, que estaba ubicada cerca de Santa Maria del Mar y allí se dejaba aconsejar por este amigo sobre las lecturas más recomendables. Incluidas aquellas publicadas por editoriales sudamericanas o francesas, dedicadas a temas políticos y que oficialmente no existían en el país. Estas se las mostraba el propietario a escondidas en la trastienda de la librería, adoptando aires de misterio y confidencia.

Aparte de ello solía examinar los libros “permitidos” dispuestos en las estanterías de la librería, leyendo las sinopsis bajo la mirada complacida del dueño, que mecía la cabeza con satisfacción cuando mi padre elegía un libro que le parecía especialmente interesante, como si diese su aprobación a la obra elegida.

Algo de este comportamiento he heredado, ya que también yo profeso esta admiración por los libros y aprovecho cualquier momento para leer alguno de los que casi siempre llevo conmigo.

En la parte inferior de las estanterías había unas cajoneras, que debían albergar lo que buscaba con tantas precauciones, no se muy bien porqué, ya que expresamente no me habían prohibido que viera o leyera lo que andaba buscando, aunque a la sazón tenía yo unos nueve años. Abrí con cuidado la tercera por la derecha empezando por abajo y allí estaban, cuidadosamente amontonados los ejemplares que trataba de localizar y concretamente el último aparecido.

Lo cogí con devoción, como si cogiese algo prohibido, que era como lo veía con mis ojos infantiles, pero sin saber exactamente porqué. Los colores de los gráficos de la portada se me antojaban como desvaídos, de tonalidades rojas o sepia apagadas. Y tampoco acababa de entender lo que allí se narraba.

Pero intuía que era algo valioso. Sobre todo por los retazos de conversaciones que les había oído a los mayores, refiriéndose con risas sofocadas a algún pasaje especialmente jugoso que habían leído.

Me senté también en la butaca y empecé a leer tratando de comprender. En aquella ocasión me centré en la contraportada posterior que narraba la historia de un personaje que había tratado de escribir todas las combinaciones posibles del nombre de Dios, a partir de los múltiples nominativos que se utilizan por las distintas religiones monoteístas. En un determinado momento y tras años de emplearse a ello, (en los cincuenta los ordenadores personales eran una entelequia) llegó a la última combinación posible y entonces una voz profunda, que parecía provenir al mismo tiempo desde todos los rincones del universo le decía “¡Al final me has encontrado! Ahora te toca esconderte a ti.”

Maravillado, pensando que aquello no se lo podría explicar al cura que en la escuela nos daba el catecismo e ignorando en aquel momento la trascendencia de un tema que apasiona a la humanidad pseudo creyente de todas las épocas (ver el artículo publicado en el País semanal del pasado domingo: “¿Está Dios en los genes?”) cerré lo que tenía entre manos y contemplé una vez más la portada donde campeaba la divisa de la publicación: “La revista más audaz para el lector más inteligente”.

Me detuve un momento para examinar la viñeta de Kalikatres el sapientísimo y finalmente volví a guardar La Codorniz en el cajón de donde la había sacado. Me asomé con cuidado para constatar que mi madre se estaba levantando de la silla y me preguntaba “¿Qué haces ahí dentro tan callado? Seguro que estás organizando alguna de las tuyas”.
Jordi Nounou

06 de maig 2007

LA SONRISA PERDIDA


¿Recuerda alguien mis comentarios del año pasado sobre un viaje marino a Mallorca? (Sequía) pues este año he vuelto a hacer la misma travesía, en circunstancias totalmente distintas: Viento de 25 nudos, mar encrespado, el barco escorado durante todo el viaje, frío y lloviendo sin parar. O sea las condiciones totalmente opuestas a las de aquella experiencia agradable y diáfana. ¡Pero aún me han quedado más ganas de volver a hacerla! Días atrás fue San Jordi y, cita obligada, nos dimos una vuelta por Las Ramblas. Contemplaba yo la multitud y me llamó la atención una cosa. Había mucha gente, pero apenas nadie sonreía. Las personas andaban, tropezando unas con otras, cosa nada extraña teniendo en cuenta la densidad circulante y lucían expresiones reconcentradas. No se si andaban pensando en los libros que iban a comprar o en lo caras que estaban las rosas. Pero, era un día festivo, en el sentido de disfrute ¿por qué la gente no sonreía? Obsesionado por esta constatación, hoy me he vuelto a dar una vuelta por Las Ramblas. Y de nuevo me he fijado en lo mismo. El clima era agradable, invitaba a andar, deteniéndose morosamente a mirar los coloridos kioscos de flores. La eclosión primaveral se notaba en el ambiente y en los escotes de las mujeres. Pero la gente no sonreía. Ni siquiera algunos niños que se soltaban de las manos de quienes les llevaban, allí en el Pla de la Boqueria, para mirar mejor las hieráticas estatuas humanas pintadas de llamativos colores. Tampoco sonreían. Ya se que en general no hay muchos factores que motiven para ir dando saltos de alegría. ¡PERO POR QUE LA GENTE NO SONRIE? Por cierto, por un momento creí haber encontrado a mi viejo amigo, sí, aquel que acostumbraba a encontrarme en aeropuertos y otros sitios inesperados. Pero no, no era él.

Jordi Nounou

24 d’abril 2007

Un divorci profund




“Això, això que vostè ens explica no es el que ens expliquen a la facultat!”

 “Segurament, però el que us explico es la realitat del que passa a les empreses” Aquesta conversa l’he tingut amb grups d’estudiants que m’han demanat informació pràctica sobre qüestions relacionades amb els seus estudis.

Alguns em miraven amb escepticisme. D’altres sacsejaven el cap com dient “ja ens ho esperàvem això”. El cert es que sempre m’ha semblat que existeix un divorci profund entre els ensenyaments que se’ls dona als estudiants i el que es trobaran desprès en la seva activitat laboral. Es especialment greu perquè moltes empreses esperen de les persones incorporades amb un títol universitari que comencin a treballar immediatament, amb prou feines una petita etapa d’adaptació. I arran de tot això em satisfà – relativament - que aquesta percepció no sigui jo únicament a veure-la. 

A La Vanguardia del diumenge hi trobem un article anomenat “¿ Y que haré yo en una empresa?” i que exposa idees en la mateixa línia del que acabo de comentar. I com a conseqüència d’aquesta situació es produeixen manques d’ajustament que duen a una important rotació. No es un problema exclusiu del nostre país. 

També altres països europeus amb mes o menys intensitat se’n ressenten d’aquesta manca de sintonia. Des del meu punt de vista hi ha dos factors importants que generen aquesta situació: - Programes d’estudi excessivament teòrics. Molts d’ells semblen fets com per cobrir l’exigència d’omplir pagines i pagines. - Manca d’etapes d’aprenentatge a les empreses. El que es pretén es que els treballadors incorporats comencin produir lo mes ràpidament possible. 

Només es pot resoldre aquesta situació amb l’establiment de compromisos reals entre les escoles i les empreses, que facilitin aquestes etapes d’aprenentatge amb simultaneïtat i que els contractes de formació serveixin autènticament per aquest objectiu i no per tenir treballadors mes barats. Fixeu-vos si no que en aquells països, com a Àustria o Alemanya, on s’apliquen de manera seriosa aquests tipus de contractes, els resultats son molt millors. 

 Jordi Nounou

09 d’abril 2007

El Viacrucis de las carreteras


Contrariamente a los temores, hemos regresado a casa en un plis plas. Los temidos atascos han brillado por su ausencia y ha sido un placentero discurrir de autopista sin ni siquiera encontrar gente arriesgada al volante. Por lo visto esta no ha sido la guía imperante en los desplazamientos de Semana Santa, habida cuenta de los accidentes que se han registrado.

A mi me gustaría conocer más información sobre la tipología de los accidentes habidos, ya que ni la pérdida de puntos ni las sanciones ni el miedo que intentan imbuirnos los anuncios televisivos parecen condicionar a los conductores para que disminuyan su velocidad. ¿O es que la causa de los accidentes no es únicamente la velocidad?

Y bien, aquí estoy nuevamente ante mi pantalla, reflexionando en los días pasados. Han sido días tranquilos e incluso con buen tiempo, lo que no se vislumbraba al principio de la semana pasada.

Han sido días también de reflexión sobre algo que a partir del martes pasado ha aparecido en mi horizonte y a lo cual habré de dar respuesta mañana. La respuesta ya está decidida y faltarán matices que aclarar, pero…lo dejamos aquí.

Por lo demás, ni en Semana Santa han descansado ni los políticos, que si las elecciones en el país Vasco, que si los del PP dando caña, que si los del PSOE pillados de buena fe, que si ETA pasando comunicados amenazadores… ni la prensa rosa.

Como me han pillado estos días en plan de relajo total, he visto algún retazo de estos programas malditos. Me ha llamado la atención el esfuerzo que hacen los periodistas que persiguen a los famosillos – siempre los mismos- para que les contesten a sus insípidas preguntas cuando les pillan en los aeropuertos o a la entrada de sus casas, o en la discoteca. La tónica general parece ser que no les hacen ni puto caso. Esforzados periodistas estos que luchan contra la incomprensión a fin de aportarnos a los espectadores la información imprescindible para poder seguir viviendo. Yo no se que haría sin ellos.

02 d’abril 2007

EN LLACH

L’altre dia vaig veure a TV3 el concert d’acomiadament d’en Lluís Llach.

De primer no el volia veure. No em suggeria res. Mes be al contrari, trobava una comèdia aquest adéu inacabable, anunciat tantes vegades.

I a mes, d’entrada i com a professió de fe es declarà nacionalista radical. Encara es pot ser radical als gairebé seixanta anys?

Així que em vaig a posar a llegir un llibre insuportable, amb moltes ganes d’acabar-lo lo abans possible. Però ajudat per la dificultat en la concentració vers la lectura, poc a poc m’anava fixant mes i mes en les cançons.

I els acords m’envoltaven cada cop mes fort, estirant-me de les mans i convidant-me a recordar quan aquelles paraules i aquella musica m’encongien el cor i em feien estremir la pell. Per uns moments vaig escoltar altre vegada l’artista i em van arribar vells missatges.

Vaig estar a punt de creure que es podia agafar altre vegada el camí d’Itaca. Però ben aviat m’adonava que aquest camí ja no hi es des de fa 3.000 anys. I em vaig quedar escoltant les velles cançons, altre vegada amb els peus a terra i un xic melangiós.

14 de març 2007

SGAE


Mmmm, a ver, he hecho inventario de lo que tengo grabado en CD o en DVD. Tengo varios videos monográficos de viajes: Berlin, Estambul, Nueva York, Paris, Praga, Italia, casi toda España, etc. Algunos de mis nietas, de vacaciones, en la piscina, disfrazadas en carnaval, cuando han reido, llorando, cayéndose, en fin, lo usual. Un reportaje gráfico de mis conversaciones imposibles y montones de fotos, familia, paisajes, objetos, monumentos, curiosidades... En total, unos 40 CDs y DVDs.


Puesto que al adquirir estos soportes informáticos he pagado religiosamente el canon de la SGAE, ¿creen que puedo pedirle a la Socidad de Autores que me abone mis derechos de producción artistíca?