21 d’abril 2008

Una travesía incomoda

El mar estaba más o menos calmado. Soplaba una ligera brisa y se oía el leve rumor de las olas contra el casco.Nuestro velero se deslizaba suavemente por el mar.
Hacía unas cinco horas que habíamos dejado el puerto de Badalona en dirección a Mallorca y la tranquilidad hizo que los otros tres tripulantes se decidieran a bajar a los camarotes para echar una cabezadita, quedándonos JB y yo en cubierta.
En concreto nuestro destino estaba en llegar a la isla por Formentor y navegar a lo largo de la costa Noreste para acabar recalando en Cala D’or.Poco rato antes habíamos perdido de vista las luces de popa de un gran carguero que se nos cruzó rumbo Noreste y en estos momentos navegábamos con media vela. A la salida el capi quiso intentar navegar solo a vela, pero la falta de viento hizo que cayéramos a unos 4 nudos, por lo que decidió volver a poner en marcha el motor, dejando tres cuartos de mayor y media génova.
Yo contemplaba una vez más extasiado el increíble espectáculo del firmamento tachonado de luces, espectáculo que la contaminación lumínica impide apreciar en las zonas habitadas. El resplandor de Barcelona se puede ver en la noche incluso cincuenta millas después de haber dejado el puerto en dirección mar adentro. A nuestro alrededor una oscuridad vibrante y sensual. Siempre me ha sorprendido cuando navego por la noche, esta sensación de estar como dentro de una estancia o dentro de un espacio muy delimitado, cuando la verdad es que más allá de la poca iluminación que derraman los indicadores de navegación y una pequeña lámpara sobre cubierta, se abre un enorme espacio.
Estaba pensando en la cría de delfín que nos había despedido poco antes de cerrarse totalmente el ocaso de la tarde anterior, saltando alegremente a estribor de nuestro barco, cuando note que la vela que llevábamos tendida empezaba a flamear. Me sorprendió, dada la tranquilidad con que estábamos navegando, pero pensé que sería alguna pequeña ráfaga que acabaría sin más.Volví a ensimismarme en mis pensamientos, no sin antes mirar hacia donde estaba JB, que parecía dormitar apoyado en la escotilla de acceso al interior del barco. Al rato sin embargo las ráfagas no parecían remitir y el mar, aquietado hasta entonces, daba señales de mayor movimiento con un ruido de olas creciente.Eso fue el preludio, porqué tras unos momentos el viento rugía con notable furia, mientras que el anemómetro se situaba en 35 nudos.
A esas alturas ya íbamos notablemente escorados y la regala de estribor tocaba el agua. Llamé a JB – Oye, quizás deberíamos de arriar trapo, ¿no te parece? – y la emprendimos con los winches para quitar toda la génova y dejar menos de un cuarto de la mayor. Pero ahí no se acabó el problema, porqué estábamos recibiendo un fuerte oleaje transversal por la aleta de babor. Calculamos que las olas serian de más de 5 metros.
Los demás tripulantes, a quienes habían despertado los fuertes bamboleos, asomaron por la escotilla y lo primero que hizo el capi fue sacar los arneses para que nos atásemos, ante el peligro de salir despedidos por la borda. Previamente nos equipamos como pudimos para soportar las mojaduras desde la cubierta, vistiéndonos con ropa impermeable que afortunadamente habíamos llevado a pesar de los buenos augurios que teníamos sobre la travesía. A continuación rectificó el rumbo para que empopáramos las fuertes olas que recibíamos, lo cual equilibró ligeramente el navío e iniciamos una navegación por bordadas, tratando de que perdiésemos lo mínimo con respecto a la ruta hacia nuestro destino.
Se nos presentaba una larga noche y efectivamente fue larga en duración y porqué a nosotros nos pareció una eternidad. El mar no se calmó hasta que doblamos la punta de Sa Dragonera, sobre las 13 horas del día siguiente, ya que el cambio de rumbo nos había llevado al Suroeste de la isla.Solo entrar frente a Andratx, el panorama varió radicalmente y pudimos descansar un poco de la tensión acumulada.
Cabe también destacar el magnífico comportamiento del barco, un Jeanneau 39, que cada vez que recibía la embestida transversal de una ola y tras la correspondiente escorada, recuperaba majestuosamente la verticalidad y con un ligero popeo reemprendía su marcha, lo cual se repitió constantemente a lo largo de aquella interminable travesía.

08 d’abril 2008

¿De que sexo hablamos?

Cuando era joven me gustaba leer novelas de ciencia ficción. Cosas de la fantasía que inunda la cabeza de algunos, y que en mi caso venía estimulada ya desde pequeño con los tebeos de Diego Valor.

Me acuerdo del contenido de una novela especialmente, bueno, de un pasaje de la novela, porqué en realidad no me acuerdo ni del nombre del autor ni del título, ni siquiera del resto de la historia, que debía de ser como la mayoría de las del genero, con grandes viajes interestelares, horrendas criaturas cuyo único designio era el de terminar con la especie humana y bellas aventureras espaciales, en fin con todos los condimentos adecuados para excitar la imaginación de una forma barata y fácil.

Dicho sea esto con todos los respetos por los grandes novelistas de ciencia ficción como, entre muchos, H.G. Wells, Frank Herbert (Dune), el recientemente fallecido Arthur C. Clarke (2001, una odisea del espacio), Asimov o los actuales Stephenson Neal y el más cercano a nosotros, Domingo Santos.

Pero es evidente que se trata de un género en decadencia, rescatado un poco por las versiones cinematográficas, por ejemplo la epopeya de la Guerra de las Galaxias. Adam Gopnik, periodista del New York Times, manifestó en un análisis de la evolución de los novelistas que se dedicaban a ciencia ficción, que en los sesenta la mayor parte de ellos cambiaron a la pornografía. Curiosa evolución.

Hace mucho tiempo que dejé de leer ciencia ficción, porqué la realidad es más fascinante y capaz de satisfacer las ansias de fantasía más desbocadas.

Y con ello enlazo el aludido pasaje de la novela con la actualidad. El protagonista de aquella historia podía cambiar de sexo a voluntad. Bastaba con que se sometiera a las manipulaciones especializadas en una ¿clínica? del futuro para que se convirtiera en hombre o en mujer, según las apetencias que su libido le sugería alternativamente.

En estos días ha aparecido la noticia de que un hombre está embarazado: Thomas Beatie. En realidad no creo que sea un hombre, porqué pese a tener algunas características masculinas: barba, carece de pechos, etc. (características que algunas mujeres tienen, sin que por ello dejen de serlo) lo cierto es que mantiene los órganos reproductivos femeninos. Ni siquiera debe de gozar de su sexualidad como un hombre, pese a que ella crea que “siente” como un hombre.

Lo mismo debe de ocurrir con los transexuales, aunque hayan cambiado sus características físicas de nacimiento hormonándose o testoteronándose e incluso se les haya operado para dotarles de órganos masculinos a ellas o femeninos a ellos.

Pienso que por ahora la sensitividad masculina en mujeres o femenina en hombres es una cuestión que se desarrolla en el interior del cerebro, con una emotividad especial, condicionada por el equilibrio en el grado de masculinidad o feminidad que cada ser humano tiene.

No voy a entrar en la moralidad del tema, sobre lo cual me siento ajeno e incapaz de valorar. Hay voces que claman que esto es una posición egoísta y hedonista, puesto que cuando las transexuales quieren tener un hijo, lo que les importa no es este hijo sino satisfacer sus ansias de maternidad. Sin embargo esto ¿no sería achacable también a muchas mujeres?

Quizás no este tan lejos el siguiente paso, es decir que tras someterse a una operación total de cambio de sexo un hombre pueda metamorfearse completamente en una mujer y viceversa, según le apetezca experimentar, con camino de regreso cuando se canse de su vigente condición sexual. Curioso.

16 de març 2008

Pushkin, Mozart y Salieri


Examine absorto los dibujos de la tapicería que cubría la pared detrás del músico. Me preguntaba porqué en todos los palacios de la aristocracia europea de los siglos XVIII y XIX tenía que haber una estancia oriental como aquella, adornada con brocados, bajorrelieves, cerámica y muebles de presunta procedencia china. Schönbrunn no era una excepción.

La luz vacilante de las velas de un candelabro que reposaba encima de una mesa lacada y decorada con imágenes de pagodas, tejía y destejía sombras en las paredes, mientras que Salieri miraba temeroso hacia la puerta de entrada a la estancia, como si de un momento a otro fuera a aparecer por ella su protectora, la emperatriz M. Teresa.

- Todo fue una invención de Pushkin, cuya mente apasionada y calenturienta buscaba siempre elementos morbosos para su literatura- Luego el no menos apasionado compatriota de Pushkin, Nicolai Rimsky Kórsakov, escribió su ópera “Mozart y Salieri”, donde yo tampoco quedé muy bien parado y hasta en vuestro país, en Barcelona, se han atrevido con una dichosa obra de teatro del mismo nombre, que ha realizado un actor, para vosotros muy popular: un tal Toni Sevilla. Pero yo no envenené a Mozart.

Me preguntaba a mi mismo qué pintaba yo en aquello, mientras miraba distraídamente las sedas que cubrían las paredes y deseando alejarme lo antes posible de la mirada tristona de Salieri.

Pero, Vd. mismo reconoció que había encargado el envenenamiento de Mozart. ¿no es cierto?

Si, cuando ya estaba en recluido en el hospital y me estaba muriendo, a los 75 años, loco de atar. Incluso quise suicidarme. Pero no era verdad, era solo la demencia que me acometió en esa última etapa de mi vida. Cierto es que no le tenía demasiada simpatía a ese Mozart, tan joven y tan brillante y al mismo tiempo tan juerguista, dilapidador y presuntuoso…

¿Y como se explica Vd. que Pushkin escribiera una obra sobre la animadversión que tenían los dos, afirmando que fue Vd. quien conspiró para que envenenaran a Mozart?

¡Mozart murió de muerte natural a los 35 años, seguramente como consecuencia de sus excesos con el alcohol y las mujeres! Aunque los masones se la tenían jurada como consecuencia de su desobediencia a las normas de la secta y sobre todo por la composición de “La Flauta Mágica” en la que veían una revelación de sus secretos.

En más de una ocasión se había barajado la posibilidad de que fuera eliminado mediante envenenamiento, como también se atribuyó a muerte por envenenamiento la que sufrieron años más tarde dos de los libretistas que colaboraron en dicha obra, Schikaneder y Gieseke. Esto yo lo sabía porqué también pertenecía a la logia.

En cuanto a como fue que Pushkin hizo suya la teoría del envenenamiento, se debe fundamentalmente al rumor que expandió un discípulo mío, Moscheles, que me oyó durante mi agonía en el hospital.

Pushkin aprovechó para escribir otra de sus románticas y fantasiosas historias. ¡Si hasta se dedicó a escribir novelas eróticas, como el Diario Secreto, que terminó poco antes de morir en uno de sus famosos duelos por disputas acerca de su propia mujer!

Me levanté y traspasé la puerta entornada, dejando a Salieri con semblante cariacontecido. A duras penas evité la cascada de chispas que me caía encima desde la falla que ardía violentamente en la Plaza del Pilar. Cuando pude recuperar el equilibrio me encontré con la mirada burlona de una mujer, que con gesto indisimulado se echó hacia atrás para mezclarse con el gentío que contemplaba como el fuego reducía a pavesas lo que la imaginación de los artesanos y el dinero de los valencianos habían ayudado a construir.

Me giré a mi vez para contemplar el espectáculo, pero picado por la curiosidad y presumiendo que aquel gesto no había sido gratuito, no tardé en dirigirme hacia el lugar por donde había desaparecido la dueña de aquella mirada.

13 de març 2008

Un home bo

A l’any 1962 a aquest que escriu se li va ocórrer, junt amb alguns amics de feina, anar a Montserrat a peu, aleshores estava de moda. El nostre destí era el Monestir per a aixoplugar-nos a les cel.la coeli i, a mes de l’excursió, passar alguns dies de recolliment. En aquell temps, amb quinze anys hi havia moltes preguntes de tot caire.

Quan vam arribar, ens va rebre un monjo amb el somriure en el llavis, tot veient lo fets pols que estàvem i desprès de donar-nos la benvinguda ens va enviar a que ens dutxéssim i descanséssim una mica abans de sopar.

Desprès vam participar en reunions i sobre tot jo vaig escoltar, però això pertany a un altre historia.

Em va quedar gravada la calidesa de l’acolliment que ens va donar aquella persona a qui vaig tenir poca oportunitat de tractar. Desprès d’aquells dies no el vaig tornar a veure mai mes, encara que mes tard en tenia noticia per mitja dels diaris.

Malgrat no tenir-hi contacte, cada vegada que llegia sobre ell i la seva relació amb temes teològics, culturals i fins i tot polítics, recordava aquells dies i tenia la seguretat de que el bon caràcter d’aquell monjo, la seva equanimitat i objectivitat i el seu amor per les persones segurament el va fer contribuir a que es solucionessin molts problemes d’aquells anys tèrbols.

Aquell monjo va morir ahir. Era el pare Cassià Maria Just, que havia estat Abat de Montserrat i tinc la seguretat de que ha mort un home bo.

Mes enllà de que s’estigui d’acord o no amb la seva professió de fe catòlica, hi ha que reconèixer que va saber prendre contacte amb la societat a tots els nivells, amb les forces polítiques fossin del color que fossin i va tractar de impulsar per davant de tot la comprensió i la conciliació, tasca gens fàcil en els temps en que ell va ser Abat de Montserrat, càrrec al que va accedir quan l’anterior, Ábat Escarrè va haver de marxar a Itàlia com a conseqüència de les seves discrepàncies amb el regim franquista.

Feia temps que el pare Cassia estava allunyat d’una presencia publica rellevant, però quan el panorama sobre tot el polític i també l’eclesiàstic, està tan mancat de persones que tinguin les seves condicions, hi ha que lamentar doblement la seva marxa.

02 de febrer 2008

Algo bueno




Antes de contestar a Salieri algo llamó mi atención, Era un titular del periódico. Lo leí y no me lo podía creer. Lo releí, aún sin dar crédito a mis ojos, ¡una noticia positiva en medio de tanta mierda!

“Sant Boi y Viladecans acuerdan coordinar su oferta cultural”

Así, a palo seco, sin ofrecer ningún medicamento preparatorio: resulta que los alcaldes de estas dos poblaciones han firmado un acuerdo para coordinar las ofertas culturales de estos dos municipios colindantes, con el fin de aprovechar mejor las sinergias y beneficiar a los ciudadanos.

No se si ambos alcaldes pertenecen al mismo partido político, pero aunque así fuese, ¡ estoy tan acostumbrado a ver la controversia con tal de resaltar méritos propios, incluso en personas que teóricamente deberían de coincidir! Por ejemplo, aquellos que no son capaces de ponerse de acuerdo para utilizar de manera conjunta polideportivos situados a muy poca distancia unos de otros…

En fin, que esta noticia positiva me ha emocionado.

Mañana ya os diré lo que me dijo Salieri.

Un radical, Beauvoir y el amigo americano

Me miró con suspicacia como si fuese un intruso que fuera a invadir su espacio en un momento de introversión, cuando iba a dedicarse a sus pensamientos filosóficos.

Su expresión denotaba también perplejidad. Por un momento me puse en su lugar y me pregunté como reaccionaría yo si alguien desconocido se sentase de repente delante de mi mesa de despacho y me formulase preguntas como las que yo le estaba exponiendo.

El silencio se prolongó durante unos incómodos instantes, mientras el profesor Diego me examinaba. - ¿Porqué ha venido hasta aquí para preguntarme sobre Alinsky? Seguramente en Europa podría encontrar Vd. mucha información, al fin y al cabo yo solo conocí a Alinsky muy brevemente cuando estudiaba en Chicago y de eso hace muchos años. Alinsky murió en 1972

- Me interesa tener una visión de cómo era el hombre, más allá de las descripciones que de él hacen las bibliografías, me interesa conocer como se movía en los años duros de su activismo y no resulta fácil encontrar personas que coincidiesen tan directamente con él en aquella época.

- Hay personas vivas que le podrían ayudar mejor que yo y que también conocieron a Alinsky, e incluso fueron discípulos suyos, por ejemplo Edward Chambers en Chicago, o Michael Gecan o Andrew H Wachs en Nueva York. Hay otras personas que si bien no coincidieron históricamente con él conocen bien sus ideas y son activistas de su doctrina, como por ejemplo Patrick Crowley en Rhode Island.

- Tengo información sobre ellos e incluso de Wachs he leído algunos de sus libros, que están preferentemente orientados hacia la protección de menores, incluidos sus trhillers, pero no es esta la información que busco. Se que aunque Vd. estuvo presente circunstancialmente en una etapa de la vida de Alinsky, su carácter y personalidad, su postura en la defensa de los derechos de los ciudadanos le hicieron sintonizar con las ideas radicales de ese líder, que repentinamente parecen haber resurgido con fuerza.

‘- Alinsky – repuso - era un soñador, aunque dejó una impronta destacada en todas aquellas personas sensibilizadas hacia los derechos civiles. Tuvo y tiene muchos discípulos en el campo de los sindicatos, de los abogados sociales, de las organizaciones, pero era un soñador. La realidad se encarga de demostrar día a día que sus ideas eran utópicas. Yo creo que la utilización de la figura de Alinsky actualmente por determinados políticos inmersos en procesos electorales, no es más que otra falacia. Otro mensaje destinado a captar los votos de los descontentos con Bush y presuntamente sugestionables por la “venta” de argumentos que vayan a encajar con sus insatisfacciones. Los norteamericanos son muy propensos a tejer redes solidarias en torno a personas o colectivos afectados por problemas públicos y este era un terreno abonado para las teorías de Alinsky.

- ¿Era Alinsky comunista?

-No. Pese a que su doctrina de acción radical podría encajar en muchos postulados de los sistemas de lucha marxistas o incluso maoístas, Alinsky nunca fue comunista. Alinsky fue apoyado por bastantes instancias del clero norteamericano en un amplio sentido, católicos, protestantes, baptistas, etc. Años después de su fallecimiento aún muchos clérigos, como por ejemplo el reverendo Jhon E. Gibbons, utilizaban su figura como ejemplo de activismo social. También presumía de sus amistades liberales.

- Pero yo pienso que a principio de los cincuenta es posible que tuviese contacto con comunistas europeos. Por ejemplo, por esas fechas Jean Paul Sartre y Simon de Beauvoir estuvieron en Chicago y Alinsky por aquella época ya había escrito su famoso “Reveille for radicals” y había trabajado en el análisis de las penosas condiciones sociales en el barrio conocido como “back of the yards” de aquella ciudad. ¿Cree Vd. que se produjo este contacto?

No lo se. A mi me atraía en aquella época el halo de Alinsky pero no era en absoluto su sombra. Cierto es que participé en muchas reuniones e incluso llegué a recibir formación como organizador social y sobre todo me interesaba su orientación hacia la organización y movilización de la población como vía para conseguir objetivos sociales dentro de un ámbito democrático.

Alinsky no creía en que simplemente exigiendo al poder gobernante el reconocimiento de derechos bastaba para que este actuase, puesto que consideraba que los lideres políticos solo se movían cuando a cambio podían obtener el soporte que les permitía mantenerse en el poder, cosa que como es fácil observar ha continuado y se ha acrecentado en los sistemas políticos de todo el mundo.

Alinsky partía de la base de que para conseguir condicionar al poder en el reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, a todos los niveles, había que estar en el poder y para ello es necesario organizarse. Y las pautas de acción para llegar al poder comprendían demostraciones, ocupaciones de lugares públicos, huelgas, campañas de empadronamiento de votantes, manifestaciones, boicoteo, etc. En resumen, toda aquella acción que pudiera poner en un brete a los gobernantes o a aquellos que intentan llegar o mantenerse en el poder

Yo creí sin reservas en su doctrina e incluso llegué a trazar planes para aplicarla en mi país, pero cuando regresé a Argentina no tarde en darme cuenta de que los gobernantes de la época no estaban dispuestos a aceptar la controversia y el conflicto que pudiese perjudicarles y la represión fue brutal, como es sobradamente conocido.

De todas maneras no creo que Sartre y Beauvoir tuviesen contacto con Alinsky. Ni siquiera creo que tuviesen amigos o conocidos comunes. Ellos pertenecían a una elite intelectual muy reconocida en Europa y Alinsky había tenido en el pasado contacto con gente no muy recomendable. Era conocida su relación con notorios gansters, como Big Ed Stash, lugarteniente de Capone, o con el propio Frank Nitti, relación que según decia. utilizaba para aprender como se movía el mundo del hampa, ya que en aquella época estaba estudiando criminología.
Los gangsters no eran precisamente la clase de gente con quien apreciaran relacionarse Sartre y Beauvoir, pero por otra parte es conocido que Beauvoir estuvo en Chicago porqué vivió una intensa historia amorosa con el escritor Nelson Algren. Sabe Vd. que Sartre y Beauvoir eran lo que ahora se llama una "pareja abierta", es decir que manteniendo una relación afectiva no excluyen el que cada cual pueda establecer relaciones amorosas con otras personas.

Iba a preguntarle al profesor si me podía dar alguna referencia de alguien que pudiese ampliarme la información sobre Alinsky y que le hubiese conocido directamente en sus años más duros de activismo radical, cuando noté que una mano se posaba en mi hombro. Me giré y vi a Salieri, que con voz cansada me decía:

- Yo no encargué la muerte de Mozart.
Foto: Beauvoir de espaldas en casa de su amigo Algren

27 de desembre 2007

¡Que mundo este!


Las paredes reflejaban las oscilaciones de las llamas que desde la chimenea calentaban la estancia. El ambiente era calido, con luz muy tenue, mientras que a través de la ventana se vislumbraban las luces de las farolas que iluminaban la Kleppergasse, donde la temperatura era francamente fría. Oberammergau en invierno es un lugar muy frío.

La alfombra que se extendía delante de mí, de tonos granates, contribuía a que la atmósfera del lugar fuese acogedora, La sala estaba amueblada de manera sobria pero confortable y los varios sillones y sofás distribuidos por ella invitaban a acomodarse y coger alguno de los muchos libros depositados en las estanterías laterales, para sumergirse en una seguramente relajante lectura. En la mesilla a mi lado había un enorme cenicero en el que descansaba un cigarrillo humeante con el filtro manchado de un carmín de color acerezado.

Pero allí no había nadie más que yo.

El único problema es que no sabía donde estaba. No es que tuviese amnesia, me acordaba perfectamente de todo, pero no sabía como había llegado hasta allí, ni que o a quien esperaba en aquella sala.

Me decidí a levantarme y coger alguno de aquellos libros. Con la yema de los dedos acaricié los lomos mientras leía los títulos y sus autores. Me sorprendió la composición de la biblioteca; prácticamente todos los libros trataban sobre filosofía, religión y sociedad y muchos de ellos eran reproducciones de obras antiguas: desde los clásicos griegos y romanos, Sócrates, Platón, Antístenes, Teofastro, Cicerón, Virgilio, Apuleyo, Varrón, Séneca, Agustín de Hipona, pasando por autores medievales o del Renacimiento, Beda, Tomás de Aquino, Gregorio Magno, San Juan de la Cruz, Erasmo de Rótterdam, Fray Luis de León, o también obras de teólogos y pensadores más modernos o contemporáneos, como Dietrich Bonhoeffer, Paul Tillich, Hans Kung, sin olvidar a Tocqueville, Marx, Weber, Sartre, Strauss o Paul Adam, entre muchísimos otros.

Al final no elegí ningún libro y me puse a discurrir sobre qué hacer, algo inquieto, pero al mismo tiempo dejándome acunar por toda aquella atmósfera agradable. Entonces se abrió la puerta y entró una persona a quien no conocía. Era un hombre alto, de unos 40 y largos años, rubio, cuidadosamente peinado - aunque su pelo empezaba a clarear - y con una frente prominente. Llevaba unas gafas con montura de carey, pasada de moda.
Vestía un conjunto de americana de tweed, pantalón marrón oscuro y lucia una corbata de punto muy clásica a juego, sobre una camisa blanca. Su barbilla enérgica enmarcaba unos labios delgados, apretados en un gesto duro.

Se acercó a mí con una expresión de enfado, como si le molestase que yo estuviese allí y me preguntó algo que no entendí. Ante mi falta de contestación se acercó a las estanterías y señalando un libro repitió la misma pregunta de antes.

Entonces, por encima de la colina que tenía a mi izquierda apareció un jinete que cabalgaba una yegua de noble porte.

La yegua andaba con un trote pausado y un poco esquinado, mientras que su jinete permanecía hierático, asiendo con una mano las riendas y sujetándose con la otra al pomo de la silla de montar. Pensé que sería un tuareg, por los colores azules de su vestimenta, que solo dejaba al descubierto unos ojos penetrantes.

Se detuvo a mi lado y me preguntó que hacía allí, alejado de las rutas habituales para los turistas como yo. Aunque me habló en su idioma, que intuí árabe, le entendí perfectamente y le expliqué a mi vez que ignoraba como había llegado hasta aquel sitio.

El cielo era de un azul hiriente y el sol resplandecía con un brillo que de no haber llevado conmigo mis enésimas gafas de sol, hubiera puesto en peligro mis pupilas. El jinete me advirtió que corría peligro si permanecía solo en aquella zona, puesto que era recorrida frecuentemente por miembros de las guerrillas integristas que no solían hacer preguntas antes de degollar a quien se les antojase. Me sugirió que le acompañase hasta el cercano oasis, donde podría esperar a que llegase una caravana que me llevase a lugares más poblados.

Accedí a ello y me encaramé a la grupa de la yegua, que reemprendió su camino, no sin pensar que tal vez estaba cayendo en la trampa que el extraño jinete me invitaba a evitar.

Al cabo de dos horas llegamos a Wadi Ghat un oasis donde estaban montadas varias tiendas en cuyos alrededores corrían niños jugando, mientras que algunas cabras ramoneaban la poca hierba que allí crecía. Más lejos se percibían los edificios de la ciudad antigua.

Con un gesto casi cinematográfico, el jinete levantó la pieza de tela que cubría la entrada de una de las tiendas y me invito a entrar. El interior estaba sumido en una penumbra que contrastaba notablemente con la brillantez del exterior. Una lámpara de aceite desde un rincón iluminaba tenuemente los pocos objetos esparcidos por la tienda, una mesita baja con un juego de te encima, un baúl, ropa amontonada desordenadamente y algunas armas, de apariencia más bien antigua, entre ellas me pareció ver un mauser de los años veinte del siglo pasado y algunos machetes que me parecieron más peligrosos que los rifles.

Sentado sobre sus piernas cruzadas, encima de una alfombra extendida por toda la superficie que encerraba aquella jaima, me examinaba un hombre tocado con un gorro sufí. Su rostro estaba adornado por una poblada barba de grandes dimensiones partida en dos, que casi ocultaba unos gruesos labios y nacía justo debajo de unos ojos expresivos, airados, diría yo mensajeros de un sempiterno enfado.

Con palabras cortantes le preguntó a mi guía que como había llevado hasta allí a un infiel. El tuareg, que en ningún momento se quitó el embozo que le cubría la cabeza le contestó con alguna referencia a la tradicional hospitalidad árabe.

El hombre sentado me examinó sin pronunciar palabra y bruscamente me alargó un documento enrollado que tenía en la mano y que yo cogí y empecé a leer. No entendía mucho su contenido, pero me parece que era un fragmento del Corán. Una vez leído, el hombre sentado me preguntó que qué tenía que decirle.

Medité unos instantes sobre qué contestar, encogiéndome ligeramente de hombros, lo que debió de provocar la ira de mi interlocutor, que con un gesto imperioso me conminó a salir de allí.
Levanté la cortina de la jaima, y nada más atravesarla cogí con las dos manos el paño caliente y húmedo que me ofrecía aquella mujer, que me miraba con sus ojos rasgados y una tenue sonrisa en los labios, al mismo tiempo que hacía una ligera reverencia.

Penetré en la sala con apariencia de recepción, frotándome manos y cara con aquel agradable paño y siguiendo las mudas indicaciones de aquella mujer anduve por un pasillo con muros de piedra sin muebles ni adornos. Al final del pasillo había una estancia más amplia, de atmósfera templada, en una de cuyas paredes había una puerta abierta que daba a lo que parecía un balcón. Me estremecí cuando una ráfaga de frío viento entró por la puerta, pero a pesar de ello salí al balcón y me sorprendió comprobar que ante mi se abría un abismo sobre un valle de rala vegetación que delataba la considerable altura en la que estaba.

Naamche Bazaar se extendía a mis pies y a lo lejos destacaba le impresionante mole del Himalaya.

Un hombre mayor estaba allí de pie, cogido con una mano a la baranda del balcón y me miraba inexpresivamente. Vestía una túnica amarilla que le llegaba a los pies, encima de la cual descansaba una prenda parecida a una estola de color morado.

Su cabeza calva coronaba un rostro estriado por innumerables arrugas y de su barbilla arrancaban cuatro pelos blancos en guerrilla, pero largos hasta la mitad del pecho. A pesar del aparente desaliño en el vestir, de su figura emanaba una serenidad que contribuía a tranquilizar al visitante, aún inquieto por entrevistas anteriores.

Cogiéndome del codo me invitó a entrar de nuevo en la estancia y cerró la puerta suavemente tras de él. Tomó asiento en un sillón de madera, señalándome otro enfrente suyo, en el que a mi vez me instalé.

A continuación me preguntó si ya había encontrado lo que buscaba. Le respondí que no estaba buscando nada, que de hecho no sabía que estaba haciendo allí, pero que su pregunta denotaba un interés específico y que a lo mejor él me podía explicar algo.

Se equivoca. Vd. si que esta buscando algo. Puede que no lo sepa, pero Vd. está esperando saber. Aunque yo se lo que en su fuero interno busca, no le voy a explicar nada. Ha de ser Vd. mismo quien se dé las respuestas, porqué ellas residen en su esencia.

Un leve ruido a mi espalda hizo que me girase y vi a la mujer que me había recibido, acercándose con una bandeja en la que descansaban unas tazas humeantes.

Aquel hombre siguió hablando pero yo ya no le oía. Me levante y rehaciendo el camino, pasé al lado del templete dedicado al Dr. Dalmasio Velez y me encamine a la entrada de la Universidad jesuita.