02 de febrer 2008

Algo bueno




Antes de contestar a Salieri algo llamó mi atención, Era un titular del periódico. Lo leí y no me lo podía creer. Lo releí, aún sin dar crédito a mis ojos, ¡una noticia positiva en medio de tanta mierda!

“Sant Boi y Viladecans acuerdan coordinar su oferta cultural”

Así, a palo seco, sin ofrecer ningún medicamento preparatorio: resulta que los alcaldes de estas dos poblaciones han firmado un acuerdo para coordinar las ofertas culturales de estos dos municipios colindantes, con el fin de aprovechar mejor las sinergias y beneficiar a los ciudadanos.

No se si ambos alcaldes pertenecen al mismo partido político, pero aunque así fuese, ¡ estoy tan acostumbrado a ver la controversia con tal de resaltar méritos propios, incluso en personas que teóricamente deberían de coincidir! Por ejemplo, aquellos que no son capaces de ponerse de acuerdo para utilizar de manera conjunta polideportivos situados a muy poca distancia unos de otros…

En fin, que esta noticia positiva me ha emocionado.

Mañana ya os diré lo que me dijo Salieri.

Un radical, Beauvoir y el amigo americano

Me miró con suspicacia como si fuese un intruso que fuera a invadir su espacio en un momento de introversión, cuando iba a dedicarse a sus pensamientos filosóficos.

Su expresión denotaba también perplejidad. Por un momento me puse en su lugar y me pregunté como reaccionaría yo si alguien desconocido se sentase de repente delante de mi mesa de despacho y me formulase preguntas como las que yo le estaba exponiendo.

El silencio se prolongó durante unos incómodos instantes, mientras el profesor Diego me examinaba. - ¿Porqué ha venido hasta aquí para preguntarme sobre Alinsky? Seguramente en Europa podría encontrar Vd. mucha información, al fin y al cabo yo solo conocí a Alinsky muy brevemente cuando estudiaba en Chicago y de eso hace muchos años. Alinsky murió en 1972

- Me interesa tener una visión de cómo era el hombre, más allá de las descripciones que de él hacen las bibliografías, me interesa conocer como se movía en los años duros de su activismo y no resulta fácil encontrar personas que coincidiesen tan directamente con él en aquella época.

- Hay personas vivas que le podrían ayudar mejor que yo y que también conocieron a Alinsky, e incluso fueron discípulos suyos, por ejemplo Edward Chambers en Chicago, o Michael Gecan o Andrew H Wachs en Nueva York. Hay otras personas que si bien no coincidieron históricamente con él conocen bien sus ideas y son activistas de su doctrina, como por ejemplo Patrick Crowley en Rhode Island.

- Tengo información sobre ellos e incluso de Wachs he leído algunos de sus libros, que están preferentemente orientados hacia la protección de menores, incluidos sus trhillers, pero no es esta la información que busco. Se que aunque Vd. estuvo presente circunstancialmente en una etapa de la vida de Alinsky, su carácter y personalidad, su postura en la defensa de los derechos de los ciudadanos le hicieron sintonizar con las ideas radicales de ese líder, que repentinamente parecen haber resurgido con fuerza.

‘- Alinsky – repuso - era un soñador, aunque dejó una impronta destacada en todas aquellas personas sensibilizadas hacia los derechos civiles. Tuvo y tiene muchos discípulos en el campo de los sindicatos, de los abogados sociales, de las organizaciones, pero era un soñador. La realidad se encarga de demostrar día a día que sus ideas eran utópicas. Yo creo que la utilización de la figura de Alinsky actualmente por determinados políticos inmersos en procesos electorales, no es más que otra falacia. Otro mensaje destinado a captar los votos de los descontentos con Bush y presuntamente sugestionables por la “venta” de argumentos que vayan a encajar con sus insatisfacciones. Los norteamericanos son muy propensos a tejer redes solidarias en torno a personas o colectivos afectados por problemas públicos y este era un terreno abonado para las teorías de Alinsky.

- ¿Era Alinsky comunista?

-No. Pese a que su doctrina de acción radical podría encajar en muchos postulados de los sistemas de lucha marxistas o incluso maoístas, Alinsky nunca fue comunista. Alinsky fue apoyado por bastantes instancias del clero norteamericano en un amplio sentido, católicos, protestantes, baptistas, etc. Años después de su fallecimiento aún muchos clérigos, como por ejemplo el reverendo Jhon E. Gibbons, utilizaban su figura como ejemplo de activismo social. También presumía de sus amistades liberales.

- Pero yo pienso que a principio de los cincuenta es posible que tuviese contacto con comunistas europeos. Por ejemplo, por esas fechas Jean Paul Sartre y Simon de Beauvoir estuvieron en Chicago y Alinsky por aquella época ya había escrito su famoso “Reveille for radicals” y había trabajado en el análisis de las penosas condiciones sociales en el barrio conocido como “back of the yards” de aquella ciudad. ¿Cree Vd. que se produjo este contacto?

No lo se. A mi me atraía en aquella época el halo de Alinsky pero no era en absoluto su sombra. Cierto es que participé en muchas reuniones e incluso llegué a recibir formación como organizador social y sobre todo me interesaba su orientación hacia la organización y movilización de la población como vía para conseguir objetivos sociales dentro de un ámbito democrático.

Alinsky no creía en que simplemente exigiendo al poder gobernante el reconocimiento de derechos bastaba para que este actuase, puesto que consideraba que los lideres políticos solo se movían cuando a cambio podían obtener el soporte que les permitía mantenerse en el poder, cosa que como es fácil observar ha continuado y se ha acrecentado en los sistemas políticos de todo el mundo.

Alinsky partía de la base de que para conseguir condicionar al poder en el reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, a todos los niveles, había que estar en el poder y para ello es necesario organizarse. Y las pautas de acción para llegar al poder comprendían demostraciones, ocupaciones de lugares públicos, huelgas, campañas de empadronamiento de votantes, manifestaciones, boicoteo, etc. En resumen, toda aquella acción que pudiera poner en un brete a los gobernantes o a aquellos que intentan llegar o mantenerse en el poder

Yo creí sin reservas en su doctrina e incluso llegué a trazar planes para aplicarla en mi país, pero cuando regresé a Argentina no tarde en darme cuenta de que los gobernantes de la época no estaban dispuestos a aceptar la controversia y el conflicto que pudiese perjudicarles y la represión fue brutal, como es sobradamente conocido.

De todas maneras no creo que Sartre y Beauvoir tuviesen contacto con Alinsky. Ni siquiera creo que tuviesen amigos o conocidos comunes. Ellos pertenecían a una elite intelectual muy reconocida en Europa y Alinsky había tenido en el pasado contacto con gente no muy recomendable. Era conocida su relación con notorios gansters, como Big Ed Stash, lugarteniente de Capone, o con el propio Frank Nitti, relación que según decia. utilizaba para aprender como se movía el mundo del hampa, ya que en aquella época estaba estudiando criminología.
Los gangsters no eran precisamente la clase de gente con quien apreciaran relacionarse Sartre y Beauvoir, pero por otra parte es conocido que Beauvoir estuvo en Chicago porqué vivió una intensa historia amorosa con el escritor Nelson Algren. Sabe Vd. que Sartre y Beauvoir eran lo que ahora se llama una "pareja abierta", es decir que manteniendo una relación afectiva no excluyen el que cada cual pueda establecer relaciones amorosas con otras personas.

Iba a preguntarle al profesor si me podía dar alguna referencia de alguien que pudiese ampliarme la información sobre Alinsky y que le hubiese conocido directamente en sus años más duros de activismo radical, cuando noté que una mano se posaba en mi hombro. Me giré y vi a Salieri, que con voz cansada me decía:

- Yo no encargué la muerte de Mozart.
Foto: Beauvoir de espaldas en casa de su amigo Algren

27 de desembre 2007

¡Que mundo este!


Las paredes reflejaban las oscilaciones de las llamas que desde la chimenea calentaban la estancia. El ambiente era calido, con luz muy tenue, mientras que a través de la ventana se vislumbraban las luces de las farolas que iluminaban la Kleppergasse, donde la temperatura era francamente fría. Oberammergau en invierno es un lugar muy frío.

La alfombra que se extendía delante de mí, de tonos granates, contribuía a que la atmósfera del lugar fuese acogedora, La sala estaba amueblada de manera sobria pero confortable y los varios sillones y sofás distribuidos por ella invitaban a acomodarse y coger alguno de los muchos libros depositados en las estanterías laterales, para sumergirse en una seguramente relajante lectura. En la mesilla a mi lado había un enorme cenicero en el que descansaba un cigarrillo humeante con el filtro manchado de un carmín de color acerezado.

Pero allí no había nadie más que yo.

El único problema es que no sabía donde estaba. No es que tuviese amnesia, me acordaba perfectamente de todo, pero no sabía como había llegado hasta allí, ni que o a quien esperaba en aquella sala.

Me decidí a levantarme y coger alguno de aquellos libros. Con la yema de los dedos acaricié los lomos mientras leía los títulos y sus autores. Me sorprendió la composición de la biblioteca; prácticamente todos los libros trataban sobre filosofía, religión y sociedad y muchos de ellos eran reproducciones de obras antiguas: desde los clásicos griegos y romanos, Sócrates, Platón, Antístenes, Teofastro, Cicerón, Virgilio, Apuleyo, Varrón, Séneca, Agustín de Hipona, pasando por autores medievales o del Renacimiento, Beda, Tomás de Aquino, Gregorio Magno, San Juan de la Cruz, Erasmo de Rótterdam, Fray Luis de León, o también obras de teólogos y pensadores más modernos o contemporáneos, como Dietrich Bonhoeffer, Paul Tillich, Hans Kung, sin olvidar a Tocqueville, Marx, Weber, Sartre, Strauss o Paul Adam, entre muchísimos otros.

Al final no elegí ningún libro y me puse a discurrir sobre qué hacer, algo inquieto, pero al mismo tiempo dejándome acunar por toda aquella atmósfera agradable. Entonces se abrió la puerta y entró una persona a quien no conocía. Era un hombre alto, de unos 40 y largos años, rubio, cuidadosamente peinado - aunque su pelo empezaba a clarear - y con una frente prominente. Llevaba unas gafas con montura de carey, pasada de moda.
Vestía un conjunto de americana de tweed, pantalón marrón oscuro y lucia una corbata de punto muy clásica a juego, sobre una camisa blanca. Su barbilla enérgica enmarcaba unos labios delgados, apretados en un gesto duro.

Se acercó a mí con una expresión de enfado, como si le molestase que yo estuviese allí y me preguntó algo que no entendí. Ante mi falta de contestación se acercó a las estanterías y señalando un libro repitió la misma pregunta de antes.

Entonces, por encima de la colina que tenía a mi izquierda apareció un jinete que cabalgaba una yegua de noble porte.

La yegua andaba con un trote pausado y un poco esquinado, mientras que su jinete permanecía hierático, asiendo con una mano las riendas y sujetándose con la otra al pomo de la silla de montar. Pensé que sería un tuareg, por los colores azules de su vestimenta, que solo dejaba al descubierto unos ojos penetrantes.

Se detuvo a mi lado y me preguntó que hacía allí, alejado de las rutas habituales para los turistas como yo. Aunque me habló en su idioma, que intuí árabe, le entendí perfectamente y le expliqué a mi vez que ignoraba como había llegado hasta aquel sitio.

El cielo era de un azul hiriente y el sol resplandecía con un brillo que de no haber llevado conmigo mis enésimas gafas de sol, hubiera puesto en peligro mis pupilas. El jinete me advirtió que corría peligro si permanecía solo en aquella zona, puesto que era recorrida frecuentemente por miembros de las guerrillas integristas que no solían hacer preguntas antes de degollar a quien se les antojase. Me sugirió que le acompañase hasta el cercano oasis, donde podría esperar a que llegase una caravana que me llevase a lugares más poblados.

Accedí a ello y me encaramé a la grupa de la yegua, que reemprendió su camino, no sin pensar que tal vez estaba cayendo en la trampa que el extraño jinete me invitaba a evitar.

Al cabo de dos horas llegamos a Wadi Ghat un oasis donde estaban montadas varias tiendas en cuyos alrededores corrían niños jugando, mientras que algunas cabras ramoneaban la poca hierba que allí crecía. Más lejos se percibían los edificios de la ciudad antigua.

Con un gesto casi cinematográfico, el jinete levantó la pieza de tela que cubría la entrada de una de las tiendas y me invito a entrar. El interior estaba sumido en una penumbra que contrastaba notablemente con la brillantez del exterior. Una lámpara de aceite desde un rincón iluminaba tenuemente los pocos objetos esparcidos por la tienda, una mesita baja con un juego de te encima, un baúl, ropa amontonada desordenadamente y algunas armas, de apariencia más bien antigua, entre ellas me pareció ver un mauser de los años veinte del siglo pasado y algunos machetes que me parecieron más peligrosos que los rifles.

Sentado sobre sus piernas cruzadas, encima de una alfombra extendida por toda la superficie que encerraba aquella jaima, me examinaba un hombre tocado con un gorro sufí. Su rostro estaba adornado por una poblada barba de grandes dimensiones partida en dos, que casi ocultaba unos gruesos labios y nacía justo debajo de unos ojos expresivos, airados, diría yo mensajeros de un sempiterno enfado.

Con palabras cortantes le preguntó a mi guía que como había llevado hasta allí a un infiel. El tuareg, que en ningún momento se quitó el embozo que le cubría la cabeza le contestó con alguna referencia a la tradicional hospitalidad árabe.

El hombre sentado me examinó sin pronunciar palabra y bruscamente me alargó un documento enrollado que tenía en la mano y que yo cogí y empecé a leer. No entendía mucho su contenido, pero me parece que era un fragmento del Corán. Una vez leído, el hombre sentado me preguntó que qué tenía que decirle.

Medité unos instantes sobre qué contestar, encogiéndome ligeramente de hombros, lo que debió de provocar la ira de mi interlocutor, que con un gesto imperioso me conminó a salir de allí.
Levanté la cortina de la jaima, y nada más atravesarla cogí con las dos manos el paño caliente y húmedo que me ofrecía aquella mujer, que me miraba con sus ojos rasgados y una tenue sonrisa en los labios, al mismo tiempo que hacía una ligera reverencia.

Penetré en la sala con apariencia de recepción, frotándome manos y cara con aquel agradable paño y siguiendo las mudas indicaciones de aquella mujer anduve por un pasillo con muros de piedra sin muebles ni adornos. Al final del pasillo había una estancia más amplia, de atmósfera templada, en una de cuyas paredes había una puerta abierta que daba a lo que parecía un balcón. Me estremecí cuando una ráfaga de frío viento entró por la puerta, pero a pesar de ello salí al balcón y me sorprendió comprobar que ante mi se abría un abismo sobre un valle de rala vegetación que delataba la considerable altura en la que estaba.

Naamche Bazaar se extendía a mis pies y a lo lejos destacaba le impresionante mole del Himalaya.

Un hombre mayor estaba allí de pie, cogido con una mano a la baranda del balcón y me miraba inexpresivamente. Vestía una túnica amarilla que le llegaba a los pies, encima de la cual descansaba una prenda parecida a una estola de color morado.

Su cabeza calva coronaba un rostro estriado por innumerables arrugas y de su barbilla arrancaban cuatro pelos blancos en guerrilla, pero largos hasta la mitad del pecho. A pesar del aparente desaliño en el vestir, de su figura emanaba una serenidad que contribuía a tranquilizar al visitante, aún inquieto por entrevistas anteriores.

Cogiéndome del codo me invitó a entrar de nuevo en la estancia y cerró la puerta suavemente tras de él. Tomó asiento en un sillón de madera, señalándome otro enfrente suyo, en el que a mi vez me instalé.

A continuación me preguntó si ya había encontrado lo que buscaba. Le respondí que no estaba buscando nada, que de hecho no sabía que estaba haciendo allí, pero que su pregunta denotaba un interés específico y que a lo mejor él me podía explicar algo.

Se equivoca. Vd. si que esta buscando algo. Puede que no lo sepa, pero Vd. está esperando saber. Aunque yo se lo que en su fuero interno busca, no le voy a explicar nada. Ha de ser Vd. mismo quien se dé las respuestas, porqué ellas residen en su esencia.

Un leve ruido a mi espalda hizo que me girase y vi a la mujer que me había recibido, acercándose con una bandeja en la que descansaban unas tazas humeantes.

Aquel hombre siguió hablando pero yo ya no le oía. Me levante y rehaciendo el camino, pasé al lado del templete dedicado al Dr. Dalmasio Velez y me encamine a la entrada de la Universidad jesuita.

06 de novembre 2007

¿A donde se me ha ido la cabeza?

Estaba durmiendo, o así me lo parecía. Y con un estremecimiento me he despertado.

Ahí estaba mirándome. Una cabeza en la esquina de la pared me miraba con unos ojos redondos y una sonrisa pérfida. No había brazos, no había torso, no había cuerpo. Solo la cabeza, como pegada a la esquina, ni emergiendo, ni flotando, ahí, cerca del techo.

Intenté levantarme pero la cabeza me frenó con un exabrupto, con un chillido:

“¡Dios no existe!”

Por extraño que parezca, la situación no me pareció irreal. Era como si estuviese continuando con una conversación anterior, quizás conmigo mismo. Sin levantarme le contesté:

“Bueno, pues no lo se. Siempre he creído en la existencia de algo motor del universo. Me cuesta admitir que todo lo que hay en nuestro alrededor es solo fruto de la eclosión de la naturaleza. O acaso la naturaleza sea Dios”.

“Bah. Eso son explicaciones para tratar de auto justificarse los pseudo progres de tu planeta real. Los que creen en Dios lo definen como un ser lleno de bondad, que se sacrificó por la humanidad. Si esto fuese así, ¿cómo permite la desgracia y el infortunio que afectan a los seres humanos?

“Ahora el que cae en tópicos eres tu. Yo no pienso en un Dios bondadoso, preocupado por lo que pasa a las personas, ni en un Dios olvidadizo que ignora las desgracias que afectan a la gente, incluso a aquellos más inocentes. Ni en un Dios malvado que experimenta como científico con sus probetas. Pienso en un Dios que regula las leyes físicas, químicas o cósmicas que controlan el universo.”

“¡Pero qué simplón que eres! La mejor prueba de la inexistencia de Dios está en las múltiples iglesias que se han apropiado de esa idea divina para sus objetivos de siempre: tener controlado al personal, sujeto con el temor al castigo eterno, cuando no han utilizado el castigo en el ámbito terrenal. ¡Dios no existe!” Insistió la cabeza parlante, elevando el tono de la voz, casi chillando.

Miré a mi lado por si mi mujer estaba oyendo aquella conversación absurda, pero aparentemente no, dormía placidamente. Me volví para responder a la cabeza, decirle que la Iglesia, ninguna Iglesia, no tenía que ver con mi idea de Dios. Que pienso que el sentido último del raciocinio y de la moral está en el interior de cada ser humano y desde este punto de vista la responsabilidad de lo bueno y de lo malo que acontece reside en las personas y en sus circunstancias, que en cada individuo reside una parte de esencia divina…, pero la cabeza ya no estaba.

Como desde muy lejos oía la voz ¡Dios no existe!

05 de novembre 2007

Dando vueltas

Dando vueltas, he tratado de abordar mil veces mi punto de vista sobre temas de actualidad. Pero no he podido. ¡Todo es tan complicado y hay tantos temas! Y además, por si fuera poco he acabado de leer “Nieve” de Orhan Pamuck, que me ha sumido en un mar de reflexiones y más en estos días que los turcos andan de nuevo a la greña con los kurdos. Por eso he decidido exiliarme de nuevo a mi particular país virtual. En consecuencia a partir de ahora todo lo que cuente no tendrá que ver con lo que acontece en esta nación, estado, unión política o económica, continente o planeta. Ya se que esto se lo han inventado otros, los de Second Life por ejemplo, pero, ¿Quién me impide a mi el refugiarme en el único sitio absolutamente privado de que dispongo? Al cabo de poco tiempo después de aterrizar (es un decir) me he dado cuenta de que no he encontrado aún a nadie que encaje en la descripción del occidental europeo de piel blanca. Todo el mundo luce una piel color de café con leche y facciones orientales. ¿Será esto consecuencia del mestizaje a causa de la inmigración y de las adopciones infantiles? No se cuanto tiempo habrá tardado en producirse esto pero resulta lógico deducir que este es el futuro de la humanidad – si no lo tuerce antes el ser humano. Tampoco parece que nadie siga una pauta determinada en el vestir. Hay de todo. Hombres o mujeres casi desnudos, compartiendo espacios urbanos con seres cubiertos de la cabeza a los pies, luciendo amplias vestimentas que no revelan el sexo de quien las luce. Los hay que exhiben símbolos que tanto pueden ser adornos, como manifestaciones de creencias religiosas. Pero no parece que a nadie le importe lo más mínimo. Bueno, voy a ver si me entero de algo.

24 d’octubre 2007

Un exili virtual

He tornat. Desprès d’un munt de dies sense escriure res en aquest blog, he decidit baixar dels núvols i seguir.

Fa un temps deia que només volia inserir comentaris positius i evitar caure en les critiques de les coses que arribaven al meu coneixement, per via preferentment dels mitjans de comunicació, però també per apreciació directa . De sensacions positives durant aquest temps n’he tingut moltes. Em puc considerar afortunat, perquè en aquest temps he rebut molts reconeixements dels meus companys i nombroses mostres de afecte.

He canviat de vida i per ara no hem sento ni trist ni deprimit ni m’ha arribat cap d’aquestes sensacions desagradables que diuen que afecten als pre - jubilats. M’he dedicat a navegar i a pescar (mes be amb poc èxit), a llegir, a caçar bolets (amb èxit similar al de la pesca) a recrear-me en el canvi d’hàbits... En fi, a passar-m’ho lo millor que he pogut i a tractar d’estar mes a prop dels meus.

Però això es el que m’afecta a mi en lo personal. De mentre en el mon i fins i tot en el meu entorn mes immediat es produeixen contínuament fets que son dignes d’examinar. Fets, situacions o circumstancies que podria qualificar com a curiosos, xocants, esgarrifosos, controvertits, fets, situacions o circumstancies que toquen a les persones i a la societat.

La meva manera de ser em porta a qüestionar-m’ho tot i de vegades això em fa sentir mes confós, però de tant en tant, alguna informació em fa valorar que potser no vaig massa desencaminat. Com per exemple en la coincidència de criteri amb el Conseller Castells sobre el divorci entre empresa i universitat, publicada la meva apreciació al respecte en aquest blog, el 24 d’abril passat i comentada la qüestió per part del excel·lentíssim Sr. Conseller Castell.

I es que l’estiu ha estat pròdig en noticies...que no vaig a relacionar perquè ja en son prou de conegudes, però si que vull referir-me (una vegada mes) a l’ús partidista que d’aquests fets se’n fa. M’ho ha fet pensar la carta d’un lector dirigida al diari, en la que figurava una frase que m’ha copsat: “Estoy cansado de ser catalàn”.

Segurament aquesta carta mereixerà alguna contestació, que desqualificarà a qui l’ha signat. Tampoc puc afirmar que no sigui una carta provocació. Però penso que el que algú afirmi que esta cansat de ser català es greu.

Mes enllà de la lleugeresa amb la que s’expressa, hi ha un fons d’amargor. No vaig a defendre – de cap manera - el que diu aquest remitent, però si que m’agradaria que això portes a una reflexió: anem per un bon camí?

I això que quan va escriure aquesta persona encara no havien passat alguns esdeveniments que posteriorment han succeït, con per exemple la intervenció d’en Carod al programa “Tengo una pregunta para Vd.”, o l’interminable calvari de les obres de l’AVE, amb tota mena de d’ensurts, sense parlar de les incomoditats dels qui utilitzen el transport de rodalies.

Per cert, tot i que no ho he llegit a cap lloc, si abans els afectats de la Sagrada Família estaven preocupats, ara deuen d’estar francament cagats.

En fi, he tornat d’aquest exili virtual al que m’havia anat i ja ens anirem veient. El fet que no es vegin les fotografies en el meu blog no se a que es deu. Potser al massa temps sense posar-hi res?

13 de setembre 2007

Ancho es el mar...


¡Quién cabalgara el caballo

de espuma azul de la mar!

De un salto

¡quién cabalgara la mar!

¡Viento, arráncame la ropa!

¡ Tírala, viento, a la mar!

De un salto,

quiero cabalgar la mar.
¡Amárrame a los cabellos,

crin de los vientos del mar!

De un salto,

quiero ganarme la mar.


Rafael Alberti