05 noviembre 2013

Las castañeras del Siglo XIX



Calentas y pudentas
De las set las sis dolentas
Quin vol ara que fuman…?

Este es el pregón de las castañeras de Barcelona, de hace… ¡140 años!

Por casualidad ha caído bajo mis ojos un ejemplar de la “Ilustració Catalana”, publicado el 15 de Noviembre de 1892, donde el columnista, Francisco de Paula Capella, glosaba los cambios que había visto en la profesión de las castañeras, desde que el era pequeño.

La Xata, la Cuca, la Madrona, la Zenona, las Monjas…Castañeras avezadas al frío y a cocinar las castañas con fuego de virutas en sus artesanales fogones portátiles, instaladas en las cercanías del antiguo Portal de San Antonio o cabe la Llotja.

Expuestas al frío que por aquel entonces empezaba pronto, a finales de setiembre o principios de octubre: “Calentas i grossas, ¿quin vol ara que fuman?” gritaban desde su puesto, invitando a los clientes a que les comprasen, al tiempo que despreciaban a las nuevas generaciones de castañeras, de las que opinaban:

“Mitjas senyoras, mortas de fam, perrucas de polls, que val mes un soch nostre, nostra caputxa blanca, lo llum de cuyna, lo pagès y’l cabás y la antiga paella que tots vostres fanals y aqueix timbal de ferro y aquexa escorredora que no es bona sino per sobtar las castanyas, que ara no valen res”

Resulta curioso leer estas opiniones, que parecen querer recordar que cualquier tiempo pasado fue mejor y compararlo con lo que ocurre en la época actual, por ejemplo recordando la escena que contemplé el jueves pasado, al atravesar el pueblo de Roda de Ter, donde un grupo de jóvenes estaba instalando un puesto de venta de castañas, con un fogoncillo a ras de suelo y cuatro cajas de cartón. Ellas vestían unas camisetas sin mangas y pantalones a la moda actual, cortos, cortitos, que no se que impresión hubiesen causado en las castañeras “clásicas” que reivindicaba el autor de la columna.

Al comparar lo reflejado en la publicación de 1892 y lo de ahora,  puede que nos impresione la evolución en los usos y las costumbres, y creamos que varían notablemente de unas épocas a otras los criterios y los valores sobre las cosas y los acontecimientos.

El mundo está en continua evolución y los factores de crecimiento de población, el equilibrio (o desequilibrio) económico internacional y los avances tecnológicos, comportan que esta evolución se acelere cada vez más rápidamente, proporcionando una sensación de cambios sustanciales.

Sin embargo, yo creo que no es así. Atados a sistemas políticos y económicos inventados y desarrollados por los humanos, el conjunto de los protagonistas de esta llamada “civilización” está aún en una fase de reacciones muy primarias, vinculadas a las emociones más básicas, predominantemente negativas: la ambición, la envidia, el orgullo desmedido e insano, el afán de poder, la explotación de otros seres humanos…

Me pregunto si en algún momento esta evolución permitirá a la humanidad llegar a un estado en el que estas emociones básicas queden superadas y el único afán de la sociedad sea conquistar la paz, el bienestar y la justicia social. Que no haya quien se arrogue el derecho de hacer prevalecer su criterio por encima del de los demás, en defensa de vete a saber que principios inalienables, cuando en realidad lo único que se pretende es defender intereses propios. Que la gente deje de preocuparse más por lo que hace o deja de hacer el vecino, que por sus propias responsabilidades. Parece una utopía, claro.

Aún así me gusta pensar que se puede llegar a ello. Entonces si que la comparación entre lo que ocurra en esa hipotética era y lo que ocurre actualmente sería contundente. 

                                                                        Las expresiones en catalán han sido
                                                                                               incluidas tal y como figuran en la
                                                                                               publicación aludida.


3 comentarios:

xatevexo dijo...

En Coruña los hermanos G. Tesouro se hicieron de oro vendiendo castañas en la Calle Real durante el invierno y helados en playas y romerías durante el verano. Los tuvimos de clientes en la Sud America y sus propiedades en pisos y bajos bien situados eran muchas. Pero nunca les envidié porque jamás nadie les pudo ver si no trabajando. Se hicieron mayores siempre detrás del carrito de las castañas o de los helados y siempre me pregunté ¿para que?. Todo el mundo saliendo del cine o yendo a la playa y ellos allí tacita a tacita haciéndose millonarios. Viendo pasar el mundo y la vida sin participar de ella afanados en amasar dinero. Llegaron a viejos ricos y sin disfrutar de nada. ¿ricos dije? ¡Pobres!
.

xatevexo dijo...

Por cierto ¡guapa la plantilla del blog!

Jordi Manzanera dijo...

Gracia Xose. Es lo que digo, ¿Vale la pena morirse muy rico? Mejor gastarselo y disfrutar.