20 agosto 2006

¡¡GRITANDO!!

Tenía la mirada triste, perdida y estaba sentada como desparramada encima de la silla en aquella explanada delante del puerto. Me pareció que se le caía algo de la mano. Me acerqué y recogí un papel del suelo.

Sin mirarlo se lo ofrecí, pero ella no hizo gesto alguno para cogerlo. Insistí y le dije “mire que le ha caído”. Pero ella siguió absorta, sin hacerme caso. Di la vuelta a su alrededor y me fije que sus vestidos parecían viejos y ajados, pasados de moda.

Por tercera vez le alargué la mano con el papel, pero ella siguió impertérrita y al final decidí dejárselo sobre el regazo. Lentamente me aparté, pero tenía curiosidad. Me parecía irreal su actitud. ¿Qué debía de ocurrirle?

Me senté en un banco, un poco apartado de donde estaba ella y desplegué el periódico que llevaba conmigo, tratando de leer, pero inevitablemente por el rabillo del ojo la vigilaba, esperando ver alguna reacción. Pero no, no se movía, continuaba con aquella quietud extraña.

Presté más atención a su aspecto. Llevaba el cabello largo con abundantes rizos. Sus grandes ojos fijos delante de si parecían verdes y resaltaban encima de unas mejillas gordezuelas, salpicadas de acné, que enmarcaban unos labios gruesos y sensuales

Un hombre con aspecto de turista perdido se le acercó y pareció preguntarle algo, que desde donde estaba no pude entender. Tanto podía ser la dirección de una calle, como la hora. Seguía sin inmutarse, pese a que el hombre insistió en varias ocasiones. Finalmente, el individuo hizo un gesto de impaciencia y se apartó mascullando algo que podía ser perfectamente “hay que joderse con la tía esta”.

Unos niños, jugando a perseguirse se incorporaron a la escena. Dieron varias vueltas corriendo alrededor de la mujer sentada y en una de las pasadas, uno de ellos se le acercó demasiado y tropezó con sus piernas, pero ni así se produjo reacción alguna en ella. Siguió con la misma pose estática y absorta.

El niño se la miró compungido y retrocedió de espaldas, hasta que dio media vuelta y salió corriendo pero ya no jugando con los otros como antes, sino con el propósito de alejarse la antes posible de la mujer.

Viendo que no pasaba nada más, me dispuse a marcharme y me levanté. Entonces ocurrió. La mujer se había incorporado y empezó a chillar.

Me volví sorprendido y vi que estaba de pie, delante de la silla en la que había permanecido sentada hasta hacia poco. El papel que poco antes le había dejado en el regazo había caído al suelo y ella seguía chillando, con un grito agudo y potente. Tenía la boca abierta y con los labios un poco hacia dentro, como una soprano que modulase su canto. Pero no era un canto. Era un grito que le salía de dentro, de su estómago, de sus pulmones, sobre todo de su alma.

Me quedé impresionado y quise adelantarme para preguntarle si necesitaba ayuda, pero algo me detuvo. Su grito parecía una expresión de desesperación y me miraba a mí. Di un vistazo alrededor para ver si había más personas que la estuvieran viendo y oyendo aquel grito tremendo y desgarrador. Pero no parecía que nadie más que yo se diese cuenta. Una pareja que andaba cerca parecía absorta en una arrobada contemplación mutua y ajena a la escena que se estaba desarrollando algunos metros más allá de su camino.

Y el grito no cesaba. Si acaso había subido de intensidad y empezó a ponerme nervioso. ¿Qué le estaba ocurriendo a aquella mujer? Me preguntaba de donde sacaba fuerzas para mantener aquel aullido tan sostenido. En un momento pasaron por mi mente gritos notables, desde el de Munch, pasando por Picasso, por García Lorca y llegando incluso hasta Dámaso Alonso.

Di un paso hacia atrás con intención de marcharme y tropecé con mi propia silla, perdí el equilibrio y a punto estuve de caer al suelo. De pronto me entró miedo, un miedo incontenible y quise huir de allí. De alguna forma, aquel grito desesperado parecía que iba dirigido a mí, aunque ni conocía a aquella mujer, ni había hecho nada para provocar aquella situación. Corrí, con el deseo de desaparecer lo antes posible de aquel escenario, girando no obstante la cabeza para ver lo que ocurría, porque no me acababa de creer lo que estaba sucediendo.

El grito me perseguía, como si la mujer fuera corriendo a mi lado y chillándome al oído. La mujer sin embargo seguía en el mismo sitio en que la había encontrado. Llegué a la esquina del edificio que estaba más próximo en aquella amplia explanada y trate de ocultarme tras la esquina que me pareció un refugio para escapar de aquella situación angustiante. Inútil, seguía oyendo el grito con la misma intensidad.

Me dejé caer sentado en el suelo y una vez más me di cuenta que nadie aparte de mi parecía acusar aquel chillido lancinante que amenazaba con volverme loco. La gente transitaba con parsimonia, disfrutando aparentemente de la calidez del sol en aquel atardecer otoñal Con cuidado me asomé y la vi. Seguía de pie con los brazos extendidos a cada lado de su cuerpo y los puños apretados. La cabeza echada hacia atrás y aullando con renovado brio. Me tapé los oídos en un vano intento de sustraerme a aquel inacabable sufrimiento. Y de repente paró.

Como si no hubiese ocurrido. La gente continuaba a lo suyo, sin parecer que hubiera notado nada extraordinario. Con precaución me asomé de nuevo y vi que la mujer había desaparecido. Incomodo y sintiéndome ridículo me levanté, picado por la curiosidad.

Escudriñé alrededor de donde estaba la silla en la que había encontrado sentada a aquella mujer, pero no la vi. Los chiquillos de antes seguían corriendo, persiguiéndose unos a otros y en aquel lugar parecía no haber ocurrido nada. Lentamente y mirando desconfiadamente a todas partes, rehice el camino hacia el lugar donde se originó mi desazón.

Cuando estuve próximo a la silla, vi en el suelo el papel que había intentado entregarle antes. Lo recogí y lo desplegué. Se trataba de una simple relación de ciudades y de lugares, sin aparente relación entre si. Pero sí que la había y ahí estaba la clave de todo lo ocurrido. De repente lo entendí. Y en mi estómago creció una imperativa necesidad de chillar.
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El dibujo en lápiz y tinta china "Femme criant" (1938-1940) es de Julio Gonzalez

4 comentarios:

Alicia Liddell dijo...

Se encuentra usted con mujeres muy inquietantes. Van dos consecutivas.
¿Nunca se cruza con fantasmas varones?

Jordi Nounou dijo...

De vez en cuando también. Incluso repetidamente como puede ver en mis anteriores inserciones "el cupón" o "The pacifism". La mujer que gritaba no era un fantasma ni la de Ubeda tampoco. Quitándole el adorno fantasioso, las personas y las situaciones básicas fueron reales. En cuanto a fantasmas varones...muchísimos.
Gracias y saludos,
Jordi.

AM dijo...

Jordi,en efecto las dos últimas inserciones, relatan situaciones inquietantes.
En esta última, casi caigo en la tentación, a mitad de su lectura, de ir al final a conocer, prematuramente, el desenlace.
¡Afortunadamente no lo hice y aún estoy dando vueltas al mismo!

xatevexo dijo...

Creo saber lo ocurrido:
La mujer era una representación casi material de la Esperanza, y el motivo de su grito desgarrado, en efecto, estaba en aquel papel que decía:

Sarajevo
Chechenia
Gaza
New York
Madrid
Bombay
Senegal
Congo
Puerto Príncipe
Irak
Líbano...., la lista continuaba..

No fue un espejismo.
Sólo aquellos que abrigan en su corazón un soplo de esperanza consiguen percibir su presencia.
Y comprender su desesperación....