11 mayo 2011

Navegando por la vida

Hace ya más de una semana que se produjo el fallecimiento de José Antonio. Durante este tiempo muchas cosas me han mantenido ocupado, lo que posiblemente me ha abstraído de pensar con profundidad en el suceso, aunque nunca ha dejado de estar presente en mi ánimo.

Pero hoy, hoy he frenado, la actividad ha amainado y lo acontecido ha llenado mi pensar y mi espíritu. No pude asistir al funeral, malas combinaciones entre un viaje al centro y otro en velero dificultaron el que pudiese asistir. Y hoy he pensado en José Antonio, en su vida y en su temprana muerte.

 De entrada me ha aparecido la famosa pregunta que ese otro yo íntimo, más reflexivo que yo mismo, me plantea siempre en circunstancias parecidas, como si estuviera dialogando con un socias: ¿Habrá sido feliz? En este caso me arriesgo a contestarme que creo que si. No conozco con demasiada profundidad las circunstancias de la vida cuotidiana de José Antonio, pero sí le conocía a él.

Conocía su espíritu tranquilo, su humor socarrón y relajado, su forma apacible de afrontar problemas. Una persona cuyo carácter exhibe estos rasgos tiene mucho ganado para disfrutar de la vida. Recuerdo su mirada preñada de cierta impaciencia cuando me veía encender un habano, impaciencia que le llevaba a quitármelo de las manos para decirme “lo estas haciendo mal, lo estas quemando solo por un lado” y se ponía a encenderlo él, dándole vueltas parsimoniosas, hasta que estaba bien prendido y me lo devolvía diciéndome “ahora ya se puede fumar”.

Pero José Antonio era mucho más que un “bon vivant”. Era un hombre de extraordinaria cultura, muy interesado por la historia de nuestro país, cuyas etapas y protagonistas conocía bien , sobre todo en lo relacionado con épocas contemporáneas. También estaba ampliamente documentado gracias a su afición por la lectura de autores renombrados, de quienes habíamos hablado en numerosas ocasiones.

José Antonio era un buen amigo. Durante mucho tiempo tuve excelentes relaciones con él en el terreno profesional, compaginándolo en ocasiones con una relación personal, en esas famosas reuniones que manteníamos una vez al año con participación de las esposas. Luego, a partir del momento en que nos jubilamos, casualmente ambos el mismo año, estas relaciones se ciñeron exclusivamente a los encuentros anuales, encuentros en los que quienes participamos ponemos ilusión, quizás en buena parte motivados por las esposas, pero seguro que también por predisposición de los maridos, entre quienes José Antonio era uno de los que aportaba más interés.

¿Se puede ser amigo de una persona a la que no ves más que una vez al año? Yo afirmo que si y por ello consideraba a José Antonio un buen amigo. Hay amistades que se sustentan por la intensidad temporal de la relación, que se produce de forma continuada, facilitada seguramente por coincidencias de convivencia profesional, estudios,  intereses, ubicación y un largo etc. de circunstancias. En el otro extremo hay otras que se mantienen a pesar de la falta de coincidencia de estas circunstancias. Es la amistad que se basa en una buena sintonía.

Las reflexiones sobre su fallecimiento me han llevado a revisar el abundante material gráfico que tengo de nuestras reuniones, las fotografías y videos recopilados, que por algo soy el cronista no oficial de nuestros encuentros. Al cabo de poco las he apartado y he decidido quedarme con solo una imagen, que no está en soporte de papel o digital, Solo está dentro de mi cabeza.

La de una cena en Bilbao, ya en su etapa profesional cercana a la jubilación. Tras una jornada de trabajo, José Antonio y yo acabamos picando algo en un bar cercano, combinándolo con un buen rioja (que raro). Allí hablamos de muchas cosas, de las familias, de su satisfacción por el progreso de los hijos, de la Compañía, del país, de la política, de mis nietas…

 José Antonio, lamento no creer en el paraiso o en una vida ulterior. Pero por si acaso la hay y en estos momentos estas disfrutando de ella, espero que te lo estés tomando con tu humor acostumbrado, sonriendo desde tu atalaya que debe de permitirte comprobar más allá de cualquier duda lo hueros que seguimos siendo los seres humanos.

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