04 julio 2010

Historias de mi barrio

Acostumbraba a verlo cuando iba a comprar algún encargo en el otro extremo de la calle, la calle Mariners, de la Barceloneta. Aquel hombre solía estar sentado en una silla delante de su casa, unos bajos que daban directamente a la acera, tipo de vivienda típico en mi barrio de aquella época y que ahora la carestía de las casas ha vuelto a poner de moda, puesto que mucha gente ha adaptado antiguos locales comerciales transformándolos en “lofts”.
 
Siempre parecía estar absorto, mirando hacia adelante sin ver. Se recostaba en la silla pasando un brazo por detrás del respaldo y de vez en cuando se atusaba un inmenso bigote de color blanco-amarillento que adornaba su rostro. Luego, se estrujaba el mentón y finalmente dejaba caer de nuevo la mano en su regazo, con la palma hacia arriba y los dedos contraídos, en un gesto de abandono. Cuando el tiempo era bueno y cálido vestía una chaqueta de pijama de color azul pálido con rayas blancas y cuando el tiempo era más destemplado, vestía una chaqueta de albornoz de felpa.

Pero su pose siempre era la misma. A veces, jugando con otros niños en la calle, me había detenido para mirarle desde detrás de algún coche aparcado. O le contemplaba desde nuestro balcón y siempre me había llamado la atención esa rutina suya de pasar tanto tiempo sentado en la calle.

No es que eso fuera raro en ese tiempo. De hecho había mucha gente, sobre todo en verano, que sacaba las sillas a la calle y a su alrededor se organizaban verdaderas tertulias de vecinas y algún vecino ya anciano, que incluso se reunían para escuchar el serial de las cinco, mientras hacían calceta y se abandonaban a animados chafarderios. Pero junto a ese hombre no se detenía nunca nadie. Bertomeu se llamaba, según me dijo mi madre, que no supo explicarme nada más de aquella persona.

Al contrario de lo que ocurría con la gente del barrio, de quienes se conocían vida y milagros, del Sr. Bertomeu parecía que nadie supiese nada, o que no quisieran explicarlo. Su esposa había fallecido tiempo atrás, antes de que yo tuviese conciencia de la presencia de aquel hombre en la calle. Sin embargo una vez sorprendí una conversación ante una tienda del mercado, en la que unas vecinas medio escandalizadas y exhibiendo notables aspavientos decían, simulando que hablaban en voz baja, que no había sido su esposa, que no estaban casados, aunque viviesen juntos.

Una vez, andando por la misma acera donde estaba sentado el Sr. Bertomeu, me paré delante de él. Levantó la cabeza y me miro con unos ojos muy claros, teñidos de una inmensa tristeza. No dijo nada.

Iba a decirle yo algo, pero impresionado por aquella mirada me callé, bajé de la acera y seguí andando, cargando con la cesta a la espalda, lo que no impidió que sintiera los ojos de aquel hombre clavados en mi.

Unos días más tarde el Sr. Bertomeu dejó de salir a la calle. Extrañado de no verle le pregunté a mi madre, que me contestó que había fallecido. Sorprendidos de verle aún delante de su casa a unas horas no habituales, algunos vecinos se le habían acercado y le encontraron en su silla, con su pose habitual, pero con las manos caídas a los lados. Un infarto se lo había llevado.

Nadie se hizo cargo de sus pertenencias, nadie acudió a reclamar sus restos o a su entierro. Tampoco yo pensé mucho sobre ello en aquella época. Años más tarde llegué a la conclusión de que aquel hombre había muerto de soledad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado esta historia, triste y real a la vez demuestra una vez mas que por mucho que nos veamos las personas, raramente llegamos a conocernos de verdad y conocer sentimientos y tristezas ocultas.
Un abrazo.
Fernando (Correcaminos)

xatevexo dijo...

Creo que en el A.Testamento Alguien dijo: No es bueno que el hombre esté solo.Y dicen que lo dijo Alguien que, estando solo, son tres. ¡Vaya lio!. Al parecer sabia de lo que hablaba, si bien no estoy seguro de que lo hubiera solucionado correctamente, pero bueno no voy a criticarle. Despues de tantos miles de años, a mi no me ha ido tan mal con la solución aportada ...

personalmente mas que a la muerte, temo a la soledad, de ahí mi trayectoria vital.

estupenda historia y bien contados recuerdos.

¡enhorabuena!.

xmbs.

Jerónimo dijo...

Querido amigo, estoy de acuerdo con xatevexo. Es un relato magnífico, con un lenguaje acertado, dominando los tiempos y trasladando las emociones. Formidable, enhorabuena.

Xatevexo, no olvides que, hasta el Nuevo Testamento, con la llegada del Hijo, no se utilizó lo de la Santa Trinidad. El tema es complicado hasta para los teólogos, imagínate para un lego profano como yo.

La soledad ha sido mi amiga desde hace una eternidad, siempre nos hemos llevado bien. La muerte se me acercó peligrosamente, aunque no fui consciente plenamente de ello.

mogues dijo...

Me encanto.... tanto que me emocionó ya que al ir leyendo me iba imaginando a este anciano sentado en su silla, y me dio mucha tristeza el desenlace de la historia.
Lo felicito, lo seguiré en sus escritos, un abrazo.
Mónica.