15 julio 2010

Ayyyy, la felicitat

Com sabeu els que heu llegit alguna vegada aquest blog, el tema de la felicitat es per a mi una qüestió recurrent. Aquesta pregunta que em surt quan se d’una persona que ha deixat aquest mon, o be de algú a qui li ha passat quelcom o simplement observant a gent en el metro o en el carrer, “haurà estat alguna vegada feliç?”


I he intentat esbrinar que es això de la felicitat, com pot algú ser feliç i per quant temps. I desprès de llegir el que filòsofs clàssics o contemporanis, orientals o occidentals han tractat sobre la qüestió o el que han manifestat psicòlegs o sociòlegs, he arribat a estar fet un veritable embolic.

Així dons he decidit prescindir del que he llegit i dir-ne la meva:

Hi ha una felicitat bàsica: la de no tenir preocupacions. Mes enllà de la creença de que la felicitat ve proporcionada per el respecte a determinats valors o per la sabiduria o per la compassió, penso que bàsicament la felicitat ve determinada per l’absència de preocupacions. Amb això es pot concloure que una persona que no tingui els valors que la societat consideri adients per la convivència, fins i tot un malfactor, pot ser feliç?


Dons penso que sí. Evidentment es tractarà de algú sense consciència o potser algú que la societat rebutgi, però si això no li dona preocupacions i sabem que hi ha persones així, pot ser feliç.

La felicitat pot tenir molts estadis quantificables, vull dir si a mes d’aquesta felicitat bàsica s’hi donen elements que la enforteixen, com poden ser relacions familiars o possessió de coses estimables per qui les te, o gaudir de circumstancies que facin agradable la vida (pot haver-hi una munió de possibilitats, des de fer un viatge a sacrificar-se per altres persones) la felicitat podrà ser mes important, tot i que potser en alguns casos, com la possessió de objectes, faci que el posseïdor pugui ser envejat per altres persones.

Pot haver-hi una felicitat parcial? Penso que no. Si existeixen preocupacions, es podrà estar content per determinades situacions, però l’existència d’elements negatius condicionarà aquesta felicitat i per tan no es podrà parlar d’una persona feliç. Altre cosa es que ho aparenti.


Quina durada te la felicitat? Arribo a la conclusió que la felicitat per sempre no existeix. La pròpia trajectòria de la vida fa que tard o aviat surtin preocupacions que resten felicitat, sigui per motius familiars, de salut, de pèrdua de bens, etc.


(A continuar)



I arribat aquí, peregrí que passes per el meu blog, potser t’interessa o no el que hi veus, però...deixa’m quelcom. Ni que sigui per a dir que no estàs d’acord amb mi, però com diuen els captaires en castellà, “dame argo...”. Et quedaré reconegut.

04 julio 2010

Historias de mi barrio

Acostumbraba a verlo cuando iba a comprar algún encargo en el otro extremo de la calle, la calle Mariners, de la Barceloneta. Aquel hombre solía estar sentado en una silla delante de su casa, unos bajos que daban directamente a la acera, tipo de vivienda típico en mi barrio de aquella época y que ahora la carestía de las casas ha vuelto a poner de moda, puesto que mucha gente ha adaptado antiguos locales comerciales transformándolos en “lofts”.
 
Siempre parecía estar absorto, mirando hacia adelante sin ver. Se recostaba en la silla pasando un brazo por detrás del respaldo y de vez en cuando se atusaba un inmenso bigote de color blanco-amarillento que adornaba su rostro. Luego, se estrujaba el mentón y finalmente dejaba caer de nuevo la mano en su regazo, con la palma hacia arriba y los dedos contraídos, en un gesto de abandono. Cuando el tiempo era bueno y cálido vestía una chaqueta de pijama de color azul pálido con rayas blancas y cuando el tiempo era más destemplado, vestía una chaqueta de albornoz de felpa.

Pero su pose siempre era la misma. A veces, jugando con otros niños en la calle, me había detenido para mirarle desde detrás de algún coche aparcado. O le contemplaba desde nuestro balcón y siempre me había llamado la atención esa rutina suya de pasar tanto tiempo sentado en la calle.

No es que eso fuera raro en ese tiempo. De hecho había mucha gente, sobre todo en verano, que sacaba las sillas a la calle y a su alrededor se organizaban verdaderas tertulias de vecinas y algún vecino ya anciano, que incluso se reunían para escuchar el serial de las cinco, mientras hacían calceta y se abandonaban a animados chafarderios. Pero junto a ese hombre no se detenía nunca nadie. Bertomeu se llamaba, según me dijo mi madre, que no supo explicarme nada más de aquella persona.

Al contrario de lo que ocurría con la gente del barrio, de quienes se conocían vida y milagros, del Sr. Bertomeu parecía que nadie supiese nada, o que no quisieran explicarlo. Su esposa había fallecido tiempo atrás, antes de que yo tuviese conciencia de la presencia de aquel hombre en la calle. Sin embargo una vez sorprendí una conversación ante una tienda del mercado, en la que unas vecinas medio escandalizadas y exhibiendo notables aspavientos decían, simulando que hablaban en voz baja, que no había sido su esposa, que no estaban casados, aunque viviesen juntos.

Una vez, andando por la misma acera donde estaba sentado el Sr. Bertomeu, me paré delante de él. Levantó la cabeza y me miro con unos ojos muy claros, teñidos de una inmensa tristeza. No dijo nada.

Iba a decirle yo algo, pero impresionado por aquella mirada me callé, bajé de la acera y seguí andando, cargando con la cesta a la espalda, lo que no impidió que sintiera los ojos de aquel hombre clavados en mi.

Unos días más tarde el Sr. Bertomeu dejó de salir a la calle. Extrañado de no verle le pregunté a mi madre, que me contestó que había fallecido. Sorprendidos de verle aún delante de su casa a unas horas no habituales, algunos vecinos se le habían acercado y le encontraron en su silla, con su pose habitual, pero con las manos caídas a los lados. Un infarto se lo había llevado.

Nadie se hizo cargo de sus pertenencias, nadie acudió a reclamar sus restos o a su entierro. Tampoco yo pensé mucho sobre ello en aquella época. Años más tarde llegué a la conclusión de que aquel hombre había muerto de soledad.