30 noviembre 2009

SANTORINI

Poseidón se quedó mirando la fea montaña que se alzaba delante suyo. No se lo podía creer. ¿Quién habria sido el cenutrio que había instalado aquella monstruosidad en medio de su bello mar Egeo? Porqué mira que aquel enorme pedazo de terruño, falto de toda gracia, se cargaba la armonía que el dios de los mares quería para sus dominios.

¡Anda un dios! - Se volvió al oír esta exclamación y vio detrás suyo a la ninfa Tasifane, que tal y como la parieron estaba contemplando expectante a la no menos desnuda divinidad marina, eso si adornada con su corona y sosteniendo el tridente símbolo de su carácter náutico.

Con mal disimulada libidinidad Poseidón examinó a la ninfa que trataba de ocultar sus vergüenzas, consiguiendo con sus gestos el efecto contrario, o sea poner de relieve lo que ya sin el menor empacho su interlocutor contemplaba ávidamente.

Oye…¿tu sabes quien ha puesto aquí esta porquería?

Pues no. Por no saber, no se ni siquiera como he aparecido aquí, aunque tampoco me sabe mal haber venido. ¿Siempre llevas así esa lanza?

Ah, el tridente, bueno pues si, es la herramienta que me distingue y me confiere autoridad como dios de los mares – y diciendo esto Poseidón blandía el tridente con energía.

No, si no me refiero a lo que llevas en las manos, sino a lo que tienes ahí delante. Y señalaba directamente al centro del cuerpo del dios, al lugar que Da Vinci tan magistralmente definiría como tal centro siglos más tarde, en su hombre de Vitruvio. Y es que de tanto contemplar las morbideces de Tasifane, el dios de los mares exhibía un alterado y potente estado ereccionado.

Poseidón, embarazado intento ocultar su desazón, pero Tasifane ya se había acercado y cogiendo suavemente entre sus manos aquella temible arma empezó a acunarla con mimo entre ellas, diciendo entre suspiros – Hay que ver a lo que lleva a los dioses la pesada carga de sus responsabilidades. Esta tensión no puede ser buena para el equilibrio divino y al final quien lo paga son los sufridos mortales, que soportan las consecuencias de sus iras. E insistía con dulzura en sus manipulaciones.

Poseidón estaba ya totalmente cardiaco y sin poder contenerse expulsó lejos de si una tremenda cantidad de su líquido esencial, que fue a derramarse justo donde el agua delimitaba la tierra de aquel engendro de montaña. De las salpicaduras se elevaron inmediatamente sendas columnas de vapor que cual geiseres se elevaron hacia el cielo, dando lugar después a colosales explosiones de fuego y lava que envolvieron a los dos atónitos espectadores, a quienes solo su condición divina preservó de tanta destrucción.

Al final una última explosión lo hizo retumbar todo y el dios de los océanos pensó que Zeus habría agarrado uno de sus habituales cabreos por culpa de los celos de Hera y estaba cargándose al planeta.

Pero no. Lentamente se fue desvaneciendo el humo y apareció ante los maravillados ojos de la pareja un escenario absolutamente distinto. La aborrecible montaña se había desvanecido y en su lugar se veía un paisaje bellísimo, unos acantilados que formaban las paredes del cráter del volcán, que se había hundido con la explosión, salpicando de rocas como estatuas las aguas de un intenso color azul, todo ello en una armónica conjunción.

Poseidón pensó con un estremecimiento que la última vez que había visto algo parecido, fue cuando Crono le cortó los genitales a su padre Saturno y los lanzó al mar, lo que dio lugar al nacimiento de Afrodita y se congratuló de que el procedimiento hubiera sido bastante distinto. Cogió de la mano a Tasifane y le dijo con una sonrisa aviesa – Vamos, que hay una futura isla cerca de aquí que necesita de nuestra intervención. Se llamará Capri…

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Bueno, me he permitido el lujo de hacer un poco de mitólogo clásico para dar entrada a narrar la impresión que nos causó Santorini. A veces sucede que la destrucción más terrible da lugar a una insuperable belleza. Esto debió ser lo que ocurrió en este caso.

Cierto es que en algunos aspectos la contribución humana también ha aportado elementos para esta armonía que se visualiza en la isla, pero esto es así porqué el ojo humano se ha saturado de esta conjunción de tierra, cielo y mar, para fabricar estos elementos que han reforzado el increíble paisaje de Santorini.

De esto nos apercibimos inmediatamente cuando llegamos y el barquito lanzadera nos trasladaba al muelle, puesto que el desplazamiento del Grand Mistral impedía que pudiese acercarse para desembarcarnos directamente en tierra y tuvo que dejarnos en medio del mar.

No obstante, como las imágenes pueden revelar mucho más que todos los adjetivos que yo quiera aplicar, os dejo con las fotografías. En cuanto a anécdotas solo cabe destacar que me mordió un perro. Un pobre perro al que pisé andando hacia atrás cuando intentaba tomar algunas de estas fotografías y que desafortunado soportó mi peso. Sentí remordimientos y me agaché para acariciarle la cabeza mientras me miraba con unos inmensos y dolidos ojos. A pesar de lo ocurrido y lejos de rechazar mi caricia, se mostró amistoso y me lamió la mano.

Os juro que en ese momento no tenía ni idea de que apenas mes y medio más tarde adoptaríamos a nuestra perrita Nuba.