21 abril 2008

Una travesía incomoda

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El mar estaba más o menos calmado. Soplaba una ligera brisa y se oía el leve rumor de las olas contra el casco.Nuestro velero se deslizaba suavemente por el mar.
Hacía unas cinco horas que habíamos dejado el puerto de Badalona en dirección a Mallorca y la tranquilidad hizo que los otros tres tripulantes se decidieran a bajar a los camarotes para echar una cabezadita, quedándonos JB y yo en cubierta.
En concreto nuestro destino estaba en llegar a la isla por Formentor y navegar a lo largo de la costa Noreste para acabar recalando en Cala D’or.Poco rato antes habíamos perdido de vista las luces de popa de un gran carguero que se nos cruzó rumbo Noreste y en estos momentos navegábamos con media vela. A la salida el capi quiso intentar navegar solo a vela, pero la falta de viento hizo que cayéramos a unos 4 nudos, por lo que decidió volver a poner en marcha el motor, dejando tres cuartos de mayor y media génova.
Yo contemplaba una vez más extasiado el increíble espectáculo del firmamento tachonado de luces, espectáculo que la contaminación lumínica impide apreciar en las zonas habitadas. El resplandor de Barcelona se puede ver en la noche incluso cincuenta millas después de haber dejado el puerto en dirección mar adentro. A nuestro alrededor una oscuridad vibrante y sensual. Siempre me ha sorprendido cuando navego por la noche, esta sensación de estar como dentro de una estancia o dentro de un espacio muy delimitado, cuando la verdad es que más allá de la poca iluminación que derraman los indicadores de navegación y una pequeña lámpara sobre cubierta, se abre un enorme espacio.
Estaba pensando en la cría de delfín que nos había despedido poco antes de cerrarse totalmente el ocaso de la tarde anterior, saltando alegremente a estribor de nuestro barco, cuando note que la vela que llevábamos tendida empezaba a flamear. Me sorprendió, dada la tranquilidad con que estábamos navegando, pero pensé que sería alguna pequeña ráfaga que acabaría sin más.Volví a ensimismarme en mis pensamientos, no sin antes mirar hacia donde estaba JB, que parecía dormitar apoyado en la escotilla de acceso al interior del barco. Al rato sin embargo las ráfagas no parecían remitir y el mar, aquietado hasta entonces, daba señales de mayor movimiento con un ruido de olas creciente.Eso fue el preludio, porqué tras unos momentos el viento rugía con notable furia, mientras que el anemómetro se situaba en 35 nudos.
A esas alturas ya íbamos notablemente escorados y la regala de estribor tocaba el agua. Llamé a JB – Oye, quizás deberíamos de arriar trapo, ¿no te parece? – y la emprendimos con los winches para quitar toda la génova y dejar menos de un cuarto de la mayor. Pero ahí no se acabó el problema, porqué estábamos recibiendo un fuerte oleaje transversal por la aleta de babor. Calculamos que las olas serian de más de 5 metros.
Los demás tripulantes, a quienes habían despertado los fuertes bamboleos, asomaron por la escotilla y lo primero que hizo el capi fue sacar los arneses para que nos atásemos, ante el peligro de salir despedidos por la borda. Previamente nos equipamos como pudimos para soportar las mojaduras desde la cubierta, vistiéndonos con ropa impermeable que afortunadamente habíamos llevado a pesar de los buenos augurios que teníamos sobre la travesía. A continuación rectificó el rumbo para que empopáramos las fuertes olas que recibíamos, lo cual equilibró ligeramente el navío e iniciamos una navegación por bordadas, tratando de que perdiésemos lo mínimo con respecto a la ruta hacia nuestro destino.
Se nos presentaba una larga noche y efectivamente fue larga en duración y porqué a nosotros nos pareció una eternidad. El mar no se calmó hasta que doblamos la punta de Sa Dragonera, sobre las 13 horas del día siguiente, ya que el cambio de rumbo nos había llevado al Suroeste de la isla.Solo entrar frente a Andratx, el panorama varió radicalmente y pudimos descansar un poco de la tensión acumulada.
Cabe también destacar el magnífico comportamiento del barco, un Jeanneau 39, que cada vez que recibía la embestida transversal de una ola y tras la correspondiente escorada, recuperaba majestuosamente la verticalidad y con un ligero popeo reemprendía su marcha, lo cual se repitió constantemente a lo largo de aquella interminable travesía.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola amigo mio, sigo tu blog desde el de nuestro compañero y amigo Xatevexo,y quiero darte las gracias por deleitarnos con estos escritos, mi ultima imagen de ti fue hace dos años durante la convencion en Madrid con un brazo lesionado por una mala caida, estaba yo sentado detras de ti y pese a tu dificultad para manejarte en aquellos momentos, seguias al pie del cañon leyendo Emails en la PDA y contestandolos no sin cierta dificultad.Enhorabuena por loes relatos y Gracias.

Un abrazo.
F.Viso

Jordi Manzanera Bertràn dijo...

Muchas gracias Fernando por tus comentarios. Celebro que te gusten estos escritos y te invito a que insertes cualquier comentario, crítica o indicación que te parezca oportuno hacer. Un abrazo también para ti,
Jordi

xatevexo dijo...

Yo es que veo el Mediterráneo y no me imagino una travesía como la que describes. No es que no te crea, pero es que siempre me cuadra verlo tranquilo y sosegado, comparado con mi vecino el Atlántico... y es que nunca tuve la oportunidad de verlo cabreado y mira que me gustaría, pero eso si desde el cómodo abrigo de un espigón. Por eso que la calma chicha que siempre veo en el Mediterraneo me hace dificil imaginarme esos 35 nudos que junto con la altura de las olas corresponde a un nada desdeñable
Frescachón, Moderate gale o Grand Frais, (1) de "forsa sete" que dicen los de Muxía.
Enhorabuena por la experiencia, por el resultado y sobre todo por la estupenda narración.

(1)
http://www.masmar.com/misc/meteo/beaufort.html
(Escala de Beaufort)