06 noviembre 2007

¿A donde se me ha ido la cabeza?

Estaba durmiendo, o así me lo parecía. Y con un estremecimiento me he despertado.

Ahí estaba mirándome. Una cabeza en la esquina de la pared me miraba con unos ojos redondos y una sonrisa pérfida. No había brazos, no había torso, no había cuerpo. Solo la cabeza, como pegada a la esquina, ni emergiendo, ni flotando, ahí, cerca del techo.

Intenté levantarme pero la cabeza me frenó con un exabrupto, con un chillido:

“¡Dios no existe!”

Por extraño que parezca, la situación no me pareció irreal. Era como si estuviese continuando con una conversación anterior, quizás conmigo mismo. Sin levantarme le contesté:

“Bueno, pues no lo se. Siempre he creído en la existencia de algo motor del universo. Me cuesta admitir que todo lo que hay en nuestro alrededor es solo fruto de la eclosión de la naturaleza. O acaso la naturaleza sea Dios”.

“Bah. Eso son explicaciones para tratar de auto justificarse los pseudo progres de tu planeta real. Los que creen en Dios lo definen como un ser lleno de bondad, que se sacrificó por la humanidad. Si esto fuese así, ¿cómo permite la desgracia y el infortunio que afectan a los seres humanos?

“Ahora el que cae en tópicos eres tu. Yo no pienso en un Dios bondadoso, preocupado por lo que pasa a las personas, ni en un Dios olvidadizo que ignora las desgracias que afectan a la gente, incluso a aquellos más inocentes. Ni en un Dios malvado que experimenta como científico con sus probetas. Pienso en un Dios que regula las leyes físicas, químicas o cósmicas que controlan el universo.”

“¡Pero qué simplón que eres! La mejor prueba de la inexistencia de Dios está en las múltiples iglesias que se han apropiado de esa idea divina para sus objetivos de siempre: tener controlado al personal, sujeto con el temor al castigo eterno, cuando no han utilizado el castigo en el ámbito terrenal. ¡Dios no existe!” Insistió la cabeza parlante, elevando el tono de la voz, casi chillando.

Miré a mi lado por si mi mujer estaba oyendo aquella conversación absurda, pero aparentemente no, dormía placidamente. Me volví para responder a la cabeza, decirle que la Iglesia, ninguna Iglesia, no tenía que ver con mi idea de Dios. Que pienso que el sentido último del raciocinio y de la moral está en el interior de cada ser humano y desde este punto de vista la responsabilidad de lo bueno y de lo malo que acontece reside en las personas y en sus circunstancias, que en cada individuo reside una parte de esencia divina…, pero la cabeza ya no estaba.

Como desde muy lejos oía la voz ¡Dios no existe!

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