22 julio 2007

16 DE JULIO - ¿QUE BUSCARIA?

Este fue el último día en que me desplacé a Madrid por motivos de trabajo.

Tanto tiempo diciendo “Cuando el AVE funcione, no iré más en avión, que ya me conocen hasta las palomas del aeropuerto”. Pues bien, no disfrutaré de esta opción, porqué parece ser que ya no me desplazaré más a Madrid por motivos de trabajo, si bien sí que podré hacerlo por motivos particulares. Evidentemente no con la intensidad con que lo hacía antes.

Por ello he querido hacer este viaje en el AVE. Ya se que es un capricho, porqué para ello me he tenido que desplazar desde Barcelona a la estación de Camp en Tarragona, que es lo más cerca de la ciudad condal que el AVE llega por ahora. (110 Km.),

No obstante el viaje en el tren es cómodo, mucho más barato que en avión y además en Madrid te deja en la misma ciudad. Por lo cual no me extraña que la llegada de este medio de transporte a Barcelona se ralentice tanto. Creo que cuando se inauguró la línea de Sevilla, el tráfico aéreo entre Madrid y esta última ciudad disminuyó en un 80%.

Bueno, pues llegué a la estación de Camp con tiempo más que suficiente y me dispuse a esperar la hora de salida, sentado en una amplia nave, donde aparte de las propias oficinas del AVE, de un mostrador con propaganda turística de la provincia de Tarragona y de un bar, no hay nada más abierto de momento. Ni kiosco de periódicos, revistas o libros, ni las acostumbradas tiendas de recuerdos, nada.

Lo que si impacta es la limpieza. Una señora, con uniforme verde se paseaba arriba y abajo con un utensilio de esos que también se utilizan en los aeropuertos, tipo fregona, pero con una especie de bayeta amplia, con la que sacaba más brillo a un pavimento ya de por si brillante.

Y entonces me fije en el individuo. Estaba de pie ante la esquina de una estructura de obra destinada a albergar las tiendas que yo echaba a faltar en aquella estación. Tenía la mirada clavada en el suelo, como si estuviese buscando algo que hubiese perdido.

Su aspecto no tenía nada de especial. Vestía tejanos, un polo azul y zapatillas deportivas. Llevaba colgando del hombro derecho una voluminosa bolsa de viaje y daba pasos adelante y atrás, deambulando a través de una zona muy iluminada por el sol que entraba a través de las amplias claraboyas del techo.

Un grupo de personas entró dentro de aquella zona iluminada y luminosa y aquel hombre siguió con la mirada las pisadas de los hombres y mujeres componentes del grupo, acaso con el temor de que pisasen el objeto perdido. No les perdió de vista hasta que salieron del espacio iluminado y se alejaron bulliciosamente hacia la entrada del aparcamiento.

Yo me lo miraba cómodamente sentado, al lado de la entrada a los andenes y por un momento pensé en levantarme para ofrecerle mi ayuda en la búsqueda de lo que presuntamente había perdido. Ya casi había descartado este gesto espontáneo que había surgido dentro de mí, cuando un repiqueteo de tacones llamó mi atención y observé que atravesando la puerta del bar dos mujeres se dirigían hacia el centro de la nave, atravesando la zona donde se hallaba el buscador penitente. Una de ellas, de media edad, vestía un uniforme azul con pantalones que me hizo suponer que se trataría de alguna empleada de la estación. Además llevaba un manojo de llaves en la mano que iba balanceando distraídamente.

La joven que le acompañaba vestía un conjunto de color beige, compuesto por una chaqueta de corte tejano y una falda corta que dejaba al aire unas largas piernas muy morenas debido a la acción del sol.

Cuando ambas se acercaron al joven de la bolsa, me fije que este seguía mirando insistentemente al suelo, por delante del caminar de las mujeres y ahí fue donde me di cuenta de que aquel hombre no había perdido nada. Simplemente estaba sacando partido visual de la luz y de lo pulido del suelo de la estación.

Me reí para mis adentros y disponiéndome a entrar en los andenes pensé que quizás el día siguiente sería otro día.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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