28 agosto 2006

MAR AGITADO


El verano está siendo duro. Tras la mucha calor de principios de agosto, a mediados ha hecho de todo: viento, frio, mala mar. Un buen amigo mio pasó un mal rato conmigo en el mar. Y se encontró como un naufrago, en medio de mucha, mucha gente. O por lo menos es lo que me dice en la narración que me ha enviado:

"EL NAUFRAGO DE "SA RIERA”

Era un bonito viernes de agosto en la Costa Brava, cuando un valiente patrón y tres tripulantes llegaron cargados con todo tipo de abastecimientos (alimentos, bebidas, etc) a un puerto de la citada Costa para pasar un bonito día en alta mar y gozar de las maravillas y experiencias que proporciona la inmensidad del Mediterráneo.

Se acomodan los abastecimientos y tripulantes en la embarcación y saliendo de los espigones del puerto emprenden rumbo mar adentro, empiezan a encontrar unas "olas" de consideración y navegando en dirección a las mismas, el valiente patrón lucha contra ellas, los tres tripulantes, sin decir nada (sólo -son molt grosses, son molt altes-) quietos y casi sin mediar palabra veían como el patrón estaba en su "salsa”.

Titubeando un poco, se hacían comentarios (si vamos hasta las rocas y giramos, no que allí las olas serán más grandes, otro "vols dir"), en fin para todos los gustos, hasta que al cabo de un rato uno de los tripulantes sin previo aviso dice ¡¡JORDI VOLS FER EL FAVOR DE GIRAR!!, el intrépido y valiente patrón obedece al momento y gira la dirección de rumbo empezando a navegar en la dirección de la corriente de las olas, en aquel momento la navegación se hizo más cómoda y ligera, sin saltos, ni gritos de algunos de los tripulantes.

Así estuvieron navegando plácidamente un buen rato, hasta que avistaron una "cala" es la del Rei, es la de Sa Tuna....... y se aproximaron a ella, ya se veía que las embarcaciones que estaban amarradas en dicha cala se movían muchísimo, pero se acercaron e intentaron amarrar la suya a unas de las boyas y debido al fuerte oleaje no había forma de sujetarla, momento en que uno de los tripulantes motivado por los esfuerzos y movimientos infructuosos sin conseguir el anhelado amarre, se empezó a marear y al fondo de sus oidos le llegaban comentarios de los otros tripulantes que decían "està molt blanc", otro "no li diguis", "bueno ara farem el vermout aquì", al oír esto último el tripulante mareado dijo: ¡Us ho deixo tot aquí! y tiró rápido y veloz el tabaco, las gafas, las zapatillas, el reloj, el mòvil, los pocos euros que llevaba encima y se tiró al mar llegando a nado hasta la orilla de la cala.
Una vez en la orilla de la cala vio que aquello no era, ni la cala del Rei, ni la de Sa Tuna, sino que vio un letrero que rezaba Cala "SA RIERA".

Desde la orilla de la costa el tripulante mareado observaba como el resto de sus compañeros seguían haciendo intentonas para amarrar la embarcación, pero no lo conseguían, se enzarzaron en medio de las otras embarcaciones y de pronto observa como una Zodiac con tres personas se acerca a ellos y piensa, bueno, mira ya acuden en su ayuda….si, si, A lo que les ayudaron fue a desenzarzar la embarcación e intimidándoles a que marcharan y se fueran al sitio de donde habían partido, que como se les había ocurrido salir con aquella mar tan alterada.

El tripulante mareado veía como el resto de compañeros de viaje se alejaba y con la perspectiva que tenia desde la costa de la cala "SA RIERA" observaba con estupor el movimiento de la embarcación por sus saltos y bandazos luchando contra las olas, destacando la pericia y valentía del patrón que como se verá al final de la historia logró llegar al puerto de donde habían salido sanos y salvos no con más o menos "acojonamiento" por lo que luego contaron.Cuando el tripulante mareado perdió de vista a la embarcación, se giró y empezó a andar por la arena en dirección contraria al mar, se puso las manos en el bolsillo y al momento se paró al comprobar que no tenía, ¡¡NADA!! zapatillas, tabaco, dinero, reloj, móvil y se dijo a si mismo y exclamo ¡¡pero si soy -UN NAUFRAGO-!!, se armó de paciencia - todo es verdad - como pudo y luego pensó, no te muevas que por tierra, mar o aire te vendrán a rescatar y efectivamente así fue al cabo de casi tres horas, ve llegar el coche rojo que tanto deseaba ver, con el patrón en esta ocasión pilotando y los otros dos tripulantes, sin casi darles tiempo a que avisaran de su presencia para proceder a la operación de rescate.

Una vez rescatado el "NAUFRAGO DE SA RIERA" y subido en el turismo de rescate se dirigieron todos felices y contentos, no sin poder aguantar las risas producidas por la "anécdota del verano 2006" hacia el apartamento del patrón y allí lo festejaron con todo el avituallamiento que también había disfrutado de la navegación y llego en buenas condiciones, se deleitaron con dichos manjares y buen baño en piscina con su correspondiente siesta.Un abrazo del
NAUFRAGO DE SA RIERA."
Pues ya veis

20 agosto 2006

¡¡GRITANDO!!

Tenía la mirada triste, perdida y estaba sentada como desparramada encima de la silla en aquella explanada delante del puerto. Me pareció que se le caía algo de la mano. Me acerqué y recogí un papel del suelo.

Sin mirarlo se lo ofrecí, pero ella no hizo gesto alguno para cogerlo. Insistí y le dije “mire que le ha caído”. Pero ella siguió absorta, sin hacerme caso. Di la vuelta a su alrededor y me fije que sus vestidos parecían viejos y ajados, pasados de moda.

Por tercera vez le alargué la mano con el papel, pero ella siguió impertérrita y al final decidí dejárselo sobre el regazo. Lentamente me aparté, pero tenía curiosidad. Me parecía irreal su actitud. ¿Qué debía de ocurrirle?

Me senté en un banco, un poco apartado de donde estaba ella y desplegué el periódico que llevaba conmigo, tratando de leer, pero inevitablemente por el rabillo del ojo la vigilaba, esperando ver alguna reacción. Pero no, no se movía, continuaba con aquella quietud extraña.

Presté más atención a su aspecto. Llevaba el cabello largo con abundantes rizos. Sus grandes ojos fijos delante de si parecían verdes y resaltaban encima de unas mejillas gordezuelas, salpicadas de acné, que enmarcaban unos labios gruesos y sensuales

Un hombre con aspecto de turista perdido se le acercó y pareció preguntarle algo, que desde donde estaba no pude entender. Tanto podía ser la dirección de una calle, como la hora. Seguía sin inmutarse, pese a que el hombre insistió en varias ocasiones. Finalmente, el individuo hizo un gesto de impaciencia y se apartó mascullando algo que podía ser perfectamente “hay que joderse con la tía esta”.

Unos niños, jugando a perseguirse se incorporaron a la escena. Dieron varias vueltas corriendo alrededor de la mujer sentada y en una de las pasadas, uno de ellos se le acercó demasiado y tropezó con sus piernas, pero ni así se produjo reacción alguna en ella. Siguió con la misma pose estática y absorta.

El niño se la miró compungido y retrocedió de espaldas, hasta que dio media vuelta y salió corriendo pero ya no jugando con los otros como antes, sino con el propósito de alejarse la antes posible de la mujer.

Viendo que no pasaba nada más, me dispuse a marcharme y me levanté. Entonces ocurrió. La mujer se había incorporado y empezó a chillar.

Me volví sorprendido y vi que estaba de pie, delante de la silla en la que había permanecido sentada hasta hacia poco. El papel que poco antes le había dejado en el regazo había caído al suelo y ella seguía chillando, con un grito agudo y potente. Tenía la boca abierta y con los labios un poco hacia dentro, como una soprano que modulase su canto. Pero no era un canto. Era un grito que le salía de dentro, de su estómago, de sus pulmones, sobre todo de su alma.

Me quedé impresionado y quise adelantarme para preguntarle si necesitaba ayuda, pero algo me detuvo. Su grito parecía una expresión de desesperación y me miraba a mí. Di un vistazo alrededor para ver si había más personas que la estuvieran viendo y oyendo aquel grito tremendo y desgarrador. Pero no parecía que nadie más que yo se diese cuenta. Una pareja que andaba cerca parecía absorta en una arrobada contemplación mutua y ajena a la escena que se estaba desarrollando algunos metros más allá de su camino.

Y el grito no cesaba. Si acaso había subido de intensidad y empezó a ponerme nervioso. ¿Qué le estaba ocurriendo a aquella mujer? Me preguntaba de donde sacaba fuerzas para mantener aquel aullido tan sostenido. En un momento pasaron por mi mente gritos notables, desde el de Munch, pasando por Picasso, por García Lorca y llegando incluso hasta Dámaso Alonso.

Di un paso hacia atrás con intención de marcharme y tropecé con mi propia silla, perdí el equilibrio y a punto estuve de caer al suelo. De pronto me entró miedo, un miedo incontenible y quise huir de allí. De alguna forma, aquel grito desesperado parecía que iba dirigido a mí, aunque ni conocía a aquella mujer, ni había hecho nada para provocar aquella situación. Corrí, con el deseo de desaparecer lo antes posible de aquel escenario, girando no obstante la cabeza para ver lo que ocurría, porque no me acababa de creer lo que estaba sucediendo.

El grito me perseguía, como si la mujer fuera corriendo a mi lado y chillándome al oído. La mujer sin embargo seguía en el mismo sitio en que la había encontrado. Llegué a la esquina del edificio que estaba más próximo en aquella amplia explanada y trate de ocultarme tras la esquina que me pareció un refugio para escapar de aquella situación angustiante. Inútil, seguía oyendo el grito con la misma intensidad.

Me dejé caer sentado en el suelo y una vez más me di cuenta que nadie aparte de mi parecía acusar aquel chillido lancinante que amenazaba con volverme loco. La gente transitaba con parsimonia, disfrutando aparentemente de la calidez del sol en aquel atardecer otoñal Con cuidado me asomé y la vi. Seguía de pie con los brazos extendidos a cada lado de su cuerpo y los puños apretados. La cabeza echada hacia atrás y aullando con renovado brio. Me tapé los oídos en un vano intento de sustraerme a aquel inacabable sufrimiento. Y de repente paró.

Como si no hubiese ocurrido. La gente continuaba a lo suyo, sin parecer que hubiera notado nada extraordinario. Con precaución me asomé de nuevo y vi que la mujer había desaparecido. Incomodo y sintiéndome ridículo me levanté, picado por la curiosidad.

Escudriñé alrededor de donde estaba la silla en la que había encontrado sentada a aquella mujer, pero no la vi. Los chiquillos de antes seguían corriendo, persiguiéndose unos a otros y en aquel lugar parecía no haber ocurrido nada. Lentamente y mirando desconfiadamente a todas partes, rehice el camino hacia el lugar donde se originó mi desazón.

Cuando estuve próximo a la silla, vi en el suelo el papel que había intentado entregarle antes. Lo recogí y lo desplegué. Se trataba de una simple relación de ciudades y de lugares, sin aparente relación entre si. Pero sí que la había y ahí estaba la clave de todo lo ocurrido. De repente lo entendí. Y en mi estómago creció una imperativa necesidad de chillar.
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El dibujo en lápiz y tinta china "Femme criant" (1938-1940) es de Julio Gonzalez

04 agosto 2006

CALOR!!

Calor, calor, calor…

Me pasé un kleenex por el cogote, mientras miraba los bajorrelieves del marco de la puerta Norte de la Sacra Capilla del Salvador. Me preguntaba porqué los decoradores medievales y renacentistas incluían entre los bajorrelieves de los pórticos en tantas Iglesias motivos paganos, cuando no descaradamente pornográficos. ¿Qué mensaje pretendían hacer llegar con ello? ¿O quizás se trataba simplemente de travesuras?

Bueno el caso es que cansados del calor y de la masiva ingesta de arte eclesiástico visto en un solo día, finalmente nos sentamos en una terraza. El entorno era simpático, una plaza ajardinada entre vetustos edificios, el Palacio de las Cadenas - Ayuntamiento - por un lado y el Palacio Vela de los Cobos por otra. Una ligera brisa que soplaba de vez en cuando mitigaba algo el sofocón y mientras iba anocheciendo.

Tanta pereza nos daba movernos que preguntamos al camarero que tenían para comer, aún cuando el nombre del bar, “Navarro” no nos auguraba que pudiésemos disfrutar de platos típicos de la gastronomía andaluza de la zona, que aún no habíamos llegado a catar.

Sin embargo nos arreglamos con un buen tomate aliñado, aderezado con el excelente aceite de la tierra, originado en algún lugar de las miles de hectáreas de olivos que habíamos ido atravesando desde el día anterior.

Una mujer se había sentado en la mesa de al lado. Su aspecto y su porte era el de tantas mujeres andaluzas de mediana edad, con cierto señorío, vestida con un sencillo pero a la vez elegante vestido, las gafas de sol a guisa de diadema y fumando algo nerviosa. Tenía las facciones regulares, grandes ojos de color castaño y adornaba su cabeza una media melena cortada en la línea de sencillez de todo su aspecto. Destacaba en su cara una pequeña verruga en los aledaños del ojo izquierdo, que no afeaba al conjunto, sino que más bien le daba un toque de personalidad.

Pidió algo para cenar también y mientras esperaba a que se lo sirviesen, se entretenía jugueteando con un gato que andaba al acecho de las sobras que algún comensal dadivoso quisiera suministrarle. El gato estaba bien lustroso.
De repente se dirigió a nosotros - ¿Qué sois, valencianos o catalanes? Tenéis más acento de valencianos. - Mi mujer y yo un tanto sorprendidos le respondimos – No, no, somos catalanes.

- Uuuyyy, lo siento, lo siento…, - se la notaba embarazada.

- No ocurre nada. Es fácil confundir el acento si no se está acostumbrada, pero que no hay ningún problema, en serio.

- Es que como sé del problema que hay entre los catalanes y los valencianos con lo del idioma, que si el catalán, que si el valenciano…Pero yo tengo amigos tanto en Valencia como en Cataluña, concretamente en Lérida.

- Mire señora, a mi edad este tipo de problemas se ven con mucha relatividad. Si los valencianos creen que lo que hablan es un idioma independiente y no una forma dialectal del catalán, pues allá ellos, mientras a mi no me lo impongan… Pero Vd. si que se nota que es de aquí ¿no?, lo digo por el acento, que en su caso si que es andaluz, andaluz.

- Yo nací en esta ciudad, pero constantemente me estoy desplazando por mi trabajo, Albacete, Martos, Jaén, etc. También antaño a Valencia, porqué el padre de mi marido era valenciano.

Aunque no lo dijo claramente, dedujimos que quizás estaba separada, porqué se refería al marido y a su suegro en pasado y también cuando hablaba de un hijo suyo, parecía como si no estuviese viviendo con ella.

- Y en Lérida también tenía un amigo, que murió el año pasado en un accidente de coche. Su mujer, Laura si que viene a verme de vez en cuando. Por cierto, el se llamaba Jordi, aunque a veces le llamabamos Jorge.
- A mi también me ocurre; tengo muchos amigos que me llaman Jorge, a pesar de que mi nombre de registro es Jordi. Pero no me preocupa en absoluto.
- Yo viajo siempre en transporte público, aunque tengo carné, pero no me gusta conducir. ¿Han visitado ya la Iglesia de San Miguel? ¿Y el oratorio de San Juan de la Cruz? Son dignas de ver.

- Bueno, por hoy ya hemos visitado unas cuantas iglesias: La de la Trinidad, la de San Nicolás, San Pablo, Santo Domingo, la Capilla del Salvador, por fuera Santa Maria de los Reales Alcázares, en fin unas cuantas. Hemos de dejar algo para mañana

Y así transcurrió un buen rato más de conversación. Que si por donde se podía ir mejor a la cercana sierra, que donde se podía comprar aceite en precios ventajosos, que si lo apreciada que es por el rey la cerámica de la tierra, elaborada por el alfarero Tito, etc. etc.La clase de conversación informal entre turistas y habitantes del país visitado.

Pero había algo extraño en sus contestaciones. En alguna ocasión parecía raro que una persona originaria del país pareciese ignorar alguna de las cosas que le preguntábamos, dándonos contestaciones evasivas. Se la notaba una persona solitaria. En muy pocas ocasiones a mi mujer y a mi nos ha ocurrido el pegar la hebra sin más con un vecino de mesa. Pero ahí, estuvimos propensos a escucharla

Finalmente nos despedimos. Ya era muy tarde y el calor no había descendido tanto a pesar de la hora nocturna.

Llegamos al apartamento que habíamos alquilado, que parecía un horno pizzero. Después de una ducha, que no alivió gran cosa nuestra sensación de bochorno, nos tendimos en la cama esperando que el sueño nos ayudase a ignorar el calor.

Había aire acondicionado, si, pero su chorro estaba dirigido hacia la cama, con lo cual nos pareció que debíamos elegir entre abrasarnos o coger una pulmonía y optamos por lo primero.

Mi mujer se durmió con un sueño pesado, que me dio la sensación de que se debía sobre todo al cansancio. Pero yo no podía dormir. Ya me lo había dicho - No bebas tanta Coca Cola por la noche - y yo ni caso, con la sed que tenía.

Y venga dar vueltas. No se si la cama era incomoda o no, pero yo la encontré horrible. Hacia las tres me levanté y me di otra ducha, que solo me alivió momentáneamente, pero al cabo de poco rato, otra vez a sudar.

Hacía las cuatro parecía que mi consciencia iba sucumbiendo, pero entonces una ráfaga de aire frío movió la cristalera de la ventana que tenía al lado de la cama. Era un cambio tan brusco, que en lugar de pensar en acomodarme mejor y disfrutar de la inesperada temperatura, me levante y miré por la ventana a la calle.

Estábamos en el segundo piso de una casa del siglo XVI, rehabilitada para servir como alojamiento rural. La verdad es que la casa estaba bien. Se habían esmerado en conservar el aire antiguo en la decoración e incluso en los sótanos, excavada en la piedra, había una bodega antiquísima, que curiosamente no era de aceite, sino de vino y que el encargado se apresuró a enseñarnos como algo digno de conocer en cuanto llegamos. Aquella noche sin embargo, éramos los únicos ocupantes de la casa.

Al asomarme me encontré con la mirada ciega de las estatuas que decoraban la fachada de la casa de enfrente, a las cuales la iluminación de las farolas teñía con claroscuros inquietantes. Y entonces la vi.

Era una figura que andaba en dirección al extremo de la calle que da a la Plaza del 1º de Mayo. Me sorprendió que una mujer sola anduviese por las desiertas calles a aquellas horas de la noche. Pero lo que me sorprendió aún más fueron las hechuras de sus vestidos: Llevaba una blusa blanca con mangas abollonadas y encima un jubón de color rojo cereza, claramente deslucido. Llevaba además una falda larga, de color canela, ampulosa, parecida a unas enaguas y que le llegaba hasta los pies.

Parecía como si hubiese elegido sus ropas en el museo del vestido. La sensación de frío se acentuó y entonces, al llegar a la esquina se giró y miró brevemente hacia mi ventana. Era inconfundible, el cabello, los ojos, la pequeña verruga al lado del ojo izquierdo. En lugar de las gafas de sol, llevaba una diadema sencilla, con algunas piedras que a la distancia parecían preciosas y su tez brillaba con un color blanco irreal.

Cerré la ventana y me volví a la cama con algunos temblores más de lo que hubiera deseado. Y poco a poco me adormecí, sin darme cuenta que el calor había hecho de nuevo acto de presencia. Mi último pensamiento antes de perder la conciencia fue: Bueno, y si le da por pasearse de madrugada vestida a la antigua, ¿a mi qué?