23 febrero 2006

Qui espera, desespera

Estic a l’aeroport de Madrid, esperant a sortir en un vol que encara tardarà dues hores a enlairar-se. Això si tinc sort i no surt amb retard. Hi ha quelcom mes avorrit que esperar en un aeroport, tot i que sigui en la flamant nova terminal T4 de Barajas?

L’únic positiu es que en aquesta sala hi ha ordinadors a disposició dels qui esperen, Al voltant meu la gent fa la mateixa cara melancòlica que penso faig jo. Segurament que tots tenen coses millors a fer.

Des d’aquí veig un mostrador d’atenció al públic, on una hostessa tracta de calmar els ànims d’un home que clarament nerviós li està preguntant no se que. L’escena es un espectacle; malgrat que no els sento, podria imaginar-me el que diuen.

Tan se val el problema quin sigui: l’home s’agafa amb les mans al mostrador i s’arrauleix defensant els seus drets. L’hostessa posa cara una mica desafiadora com dient “això no es culpa meva, jo soc aquí una empleada i vostè no te perquè posar-se així”.

O ves a saber que. Potser tot un altre historia. A lo millor l’home es conegut seu i ha vingut fins aquí per a exigir-li que torni amb ell, que des que s’ha incorporat a la nova terminal no la veu i que se sent gelós dels que una mica mes enllà, amb un posat púdic es treuen el cinturo sota la mirada torba dels “segurates” que vigilen que no passis res contraindicat dins de la sivella. Desprès, tot subjectant-se els pantalons amb por de que els caiguin (no com aquell que se’ls va treure expresament), travessen amb pas dubtós per l’arc de raig X, tot temen que la maquina piti.

Ei! I aquell? De que va disfressat? Un home alt que em recorda a en Juan Luís Guerra, arrossegant una maleta molt viatjada, avança com si el mon fos seu absolutament i amb una aparença desmanegada. Du uns pantalons d’aquests tipus turc, tot amplots, amb el “tiro” pels genolls i recollits en els turmells com un ciclista qualsevol. En els peus calça sabatilles de gimnàs de color blanc i es cobreix el cos amb un ponxo de llana gruixuda i de coloraines.

Al cap hi porta una gorra de color vermell, amb les lletres entrellaçades de N.Y. de la que se li escapa una cascada de rinxols negres que li tapen les espatlles. El contrast el posen unes ulleres amb muntura daurada molt fina i un maletí d’ordinador a la bandolera, amb unes inicials grises, T.G.E. que deuen de pertànyer a alguna marca comercial, que no conec.

Al seu costat hi camina un noi d’uns deu anys, sorprenentment ben vestit si pensem en com va qui l’acompanya. Llueix un abric blau de qualitat, unes sabates lluents i du una tarja d’identificació penjada del coll amb una cinta. Cabells curts de color ros i ben pentinats, una cara en la que ressalten uns ulls blaus intensos i llavis infantils, li donen aquella aparença de fill que moltes mares voldrien per elles

L’home alt avança a grans petjades, mirant a dreta i esquerra com si busques els lavabos i el nano gairebé corre per a seguir el seu pas.

Be tot plegat, no se perquè em fa venir a la memòria que estem a la setmana de carnaval i que cadascú en aquesta vida es disfressa com vol o com pot. Fins i tot hi ha que hi va sempre de disfressat, sigui en el vestit, sigui en l’anima.

No se el motiu de que m’hagi fixat en aquests dos, però darrera d’ells m’imagino una historia, si no impactant, al menys interessant. Quantes histories rares passen molt sovint pel nostre costat i ni ens adonem.

Em sembla que criden el meu vol. Ja seguiré, me’n vaig corren.

18 febrero 2006

HISTORIA DE UNA CASA


El aire era denso aquel 14 de Mayo. Tres personas avanzaban con paso pesado por la Avenida Icaria, un hombre y dos mujeres.

Venían andando desde lejos, desde Santa Coloma y notaban el cansancio en sus piernas, debilitadas ya por la frugal alimentación que hacia días que consumían, en aquella ciudad que cada día más sufría las consecuencias de la guerra.

El padre, instaba a su mujer y su hija para que se dieran prisa, porqué no le gustaba que la noche les pillara por aquellos solitarios alrededores. Hacia poca que habían rebasado el cementerio del Pueblo Nuevo, que les pareció más lúgubre si cabe y se estaban adentrando ya entre las naves industriales de la zona. El padre, cuando pasó cerca de las oxidadas verjas no pudo evitar que su pensamiento se dirigiese hacia el nicho de la familia en aquel cementerio, si bien esbozó una sonrisa al recordar como había devenido el que su familia tuviera derecho a este nicho: a través de una partida de cartas que un antepasado suyo había jugado y ganado a un militar.

De hecho, allí reposaban ya los restos de sus padres y pensó que cuando pudiera debería de hacer cambiar la lápida, puesto que en la misma aún se leía el nombre de la familia que había perdido el derecho a la sepultura en cuestión. Sin embargo, malos tiempos los de guerra para alguien cuya profesión era la de escultor, la economía familiar no andaba muy boyante precisamente.

La mujer andaba sumida en sus pensamientos, tratando de explicarse porqué la gente se había vuelto loca y se dedicaban a matarse unos a otros con tanta saña. Raro era el día en que no les llegaban noticias de personas, otrora vecinos, gente risueña y amable, que de golpe se habían alineado en uno u otro bando, espoleados por las soflamas de unos u otros. Ahora en la ciudad les tocaba esconderse a la gente de derechas o a aquellos que aún no siéndolo se mostraban tibios o no suficientemente contundentes en su postura política oficial, aparte de los curas y en general toda la gente con etiqueta de facistoide. Maria creía que la vida era más sencilla que todo esto. Creía que si unos pensaban en tener razón lo lógico sería que lo explicasen y la defendieran con la fuerza de las palabras y no la de las armas, que tanto dolor y llanto llevaban a las familias.

Temía también el que en algún momento los ahora perseguidos se convirtiesen en perseguidores y sobre todo temía por su hija Teresa. Teresa, 19 años. Tampoco Teresa entendía la guerra. Pensaba que al fin y al cabo quienes luchaban en uno y otro bando en definitiva eran ciudadanos muy próximos entre sí y además parecía que incluso las hostilidades se habían despertado entre gente teóricamente perteneciente al mismo bando: a principios de mes se habían levantado en armas los extremistas del P.O.U.M. y de la C.N.T., los comunistas habían atacado a los del P.O.U.M., el P.S.U.C. se oponía a la C.N.T…¡vaya lio!

Hasta hacía poco tiempo había asistido al avanzado Institut Escola de la Generalitat Republicana, en el parque de la Ciutadella y allí le habían hablado de tolerancia, de respeto, de la mujer en una sociedad libre, de tantas y tantas cosas que se le caían como un castillo de naipes cuando miraba a su alrededor.

Recordaba también a cuantos había visto incorporados al recientemente creado Exercit de Catalunya. Subidos en camiones con una risa en los labios y enardecidos por las consignas, posiblemente alejados de los complicados tejemanejes entre los distintos grupos sindicales o políticos que se disputaban el escenario.

Al cruzar una calle, el padre levantó la cabeza y vio una amenazadora nube de humo que se levantaba sobre la Barceloneta ya cercana, el barrio donde vivían. Un temor indefinido se apoderó de él y apresuró aún más el paso, tirando de Maria y de Teresa, recordando las sirenas que por la mañana habían oído desde lejos.


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Francesco apretó con fuerza la palanca de altura de su Savoia 79 y miró de reojo a su compañero Aldo, que empuñaba los mandos a su lado. Se acercaban a Barcelona y el mar refulgía a sus pies con brillantes tonos dorados.

Habían despegado de Son San Juan en Palma hacía hora y media aproximadamente, con destino a Barcelona y con el objeto de bombardear instalaciones militares situadas cerca de puerto de la ciudad. Francesco no pensaba mucho en lo que iba a hacer. Otras veces había realizado acciones de bombardeo aéreas en otros puntos de la costa española y siempre era lo mismo: volar, llegar a destino, eludir el escaso fuego de las baterías antiaéreas y descargar la tonelada y media de bombas que llevaba en la bodega.

No parecía muy complicado, el único problema estribaría en que aparecieran los temidos “chatos”, cazas de fabricación rusa, de gran maniobrabilidad y que podían complicarles la vida a los Savoia, pese a tratarse de aeronaves dotadas de los últimos avances tecnológicos.

El piloto pensaba también en el regreso. Le gustaba Palma y pasear por sus calles, aún cuando procuraba cumplir con las estrictas recomendaciones del mando, a fin de no entablar relaciones con los naturales de la isla. Pero no podía eludir el pensar en aquella chica con la que se cruzaba a veces en la Plaza de Mercadal, cuando iba a tomar una copa con los amigos. Cierto es que ella la mayor parte de las veces lo ignoraba y en otras más bien se pintaba en su cara un rictus de desprecio al verle.

Pero Francesco era joven e inasequible aún al desaliento. Cualquier día le diría algo y trataría de entablar relación con ella.

Entonces notó que Aldo hacía gestos con la mano izquierda, señalando con el pulgar hacia abajo. Habían llegado. Debajo de ellos se dibujaba una franja de tierra alargada, unida a la ciudad como un apéndice. Sabían que su objetivo estaba en la parte más ancha, donde la franja se unía a la costa y empezaron un picado en aquella dirección, empujando el timón hacía adelante.

Era en ese momento cuando la adrenalina hacía su aparición y se desarrollaba en segundos lo que para Francesco siempre le había parecido una eternidad. A su alrededor empezaron a aparecer claveles grises. Eran las explosiones de los disparos que desde tierra les hacían las baterías antiaéreas, con poca fortuna por cierto. Ambos eran conscientes de que los otros seis miembros de la tripulación estaban pendientes de ellos y escrutaban continuamente el espacio en busca de un enemigo más peligroso que los disparos antiaéreos.

Contaron entre dientes, quattro, tre, due, uno, ¡fuori!, y Aldo empujo la palanca que abría la bodega, soltando así el ramillete de bombas, que primero perezosas, como renuentes a abandonar el claustro que las había albergado, fueron ganando luego rapidez y emitiendo un poderoso silbido bajaron en busca de sus victimas.

Francesco enderezó el avión y ganando altura apretó a fondo el gas para salir cuanto antes de la zona. Ignorante de lo que había hecho. O más bien era que no lo quería saber.

Porqué de las bombas que habían soltado, prácticamente ninguna llegó a su hipotético destino bélico. La mayoría de ellas cayó en medio de las bien alineadas calles de la Barceloneta, matando a civiles y destruyendo casas de humildes familias, en aquel barrio marinero.


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Habían llegado al cruce de la Avenida Icaria con el Paseo de la Barceloneta. Los almacenes del puerto se perfilaban delante suyo, con sombras grises amenazadoras. Pararon un momento ante las vías del tren que atravesaba el Paseo, uniendo la zona industrial del Pueblo Nuevo con el puerto, mirando a derecha y a izquierda, aunque dudaban que en aquel momento circulase tren alguno.

En aquel momento vieron a varias personas que se apresuraban cargando bultos y corriendo en dirección a la Plaza Palacio.

Maria se paró a mirar a dos hombres, de aspecto desaliñado, vistiendo jubones de los que solían usar los mozos que trabajaban en el cercano Borne – el mercado de abastos - y que acarreaban sendas sillas sobre sus espaldas. “Mirad – dijo – aquellos hombres llevan unas sillas como las nuestras”.

Teresa y su padre observaron por un momento a aquellos hombres, que se alejaban presurosos, mirando con desconfianza hacia atrás. El padre volvió a empujarlas: “vamos, vamos que hemos de llegar a casa”.

Encararon la calle Balboa y soslayando la herrería de caballos que había al principio de la misma, casi corrieron hasta llegar al Pasaje Carbonell que era donde estaba su casa, donde vivían.

Y allí con perplejidad y horror se dieron cuenta de que las sillas que se llevaban los energúmenos con quienes se habían cruzado momentos antes no solo eran parecidas a las suyas. ¡Eran las suyas!

Donde había estado su casa se abría un hueco pavoroso. De sus pertenencias, de todo aquello que tanto les había costado reunir para compartir una vida, de aquellas paredes donde Teresa se había incorporado a la vida, no quedaba nada. Una bomba, guiada por un piloto italiano, se lo había llevado por delante.

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Esta historia tiene parte de realidad y parte de ficción. La parte de realidad se refiere a mis abuelos y a mi madre, que vivieron fielmente cuanto se refleja en la historia. La parte de ficción se refiere a las experiencias y sentimientos de los pilotos italianos, que son personajes inventados, pero cuyo retrato pienso se debe de acercar mucho a la realidad.

Mi familia tuvo mucha suerte, en primer lugar porqué no estaban allí cuando cayo la bomba, en segundo porqué una hermana de mi abuelo les acogió en su casa hasta que tuvieron la oportunidad de encontrar otro alojamiento y en tercero, porqué a pesar de las penalidades de la guerra, pudieron contarlo. Otros no tuvieron tanta suerte.

Tan solo en el bombardeo de Barcelona que afectó a la zona de Gran Vía con Balmes, el 17 de marzo de 1938 (¡objetivo claramente militar!), murieron más de 600 personas.

El testimonio queda ahí. No he podido averiguar con seguridad si la fotografía que incluí en mi anterior nota incorporada al blog, depositada en el Archivo Histórico de Cataluña y publicada recientemente en el periódico “La Vanguardia”, corresponde exactamente a la casa que perdió mi familia como consecuencia de los bombardeos de la Barceloneta, pero por la fecha y las apariencias físicas del entorno, bien podría serlo.

La publicación de esta historia es simplemente una invitación a la reflexión. Porqué después de tantos años, el horror persiste.